Me esforcé, me esforcé mucho.
Hace años que vengo entrenando como un perro. Se ve que ni mi altura ni mi
contextura física sirvieron de mucho. Al final ese dicho, del que tanto me
jacté que defendían los débiles, tenía razón. “Más vale maña que fuerza”.
¡Déjense de joder! Si bien nos diferenciamos del resto de los animales por
nuestra inteligencia, muchas veces la fuerza ayuda. Me acuerdo muy bien de esa
vez que estaba en un bar repleto de gente y, gracias a mi tamaño y a fuerza de
codazos, pude pedir la cerveza que mi festejada del momento tanto quería en esa
noche de calor. Sí, lo recuerdo. ¿Y ahí la maña de qué hubiera servido, eh?
Pero bueno, me esforcé mucho,
decía. Y de repente me encuentro ahora en el piso, con los rayos sol clavándose
como agujas en mis ojos, lleno de polvo y de golpes, con la punta de la espada
de este petiso de mierda, que pensé que me lo comía crudo más rápido que una
rana cazara una mosca, clavada en mi garganta y aguantando como 42.000 personas
me dejen sordo de tanto grito. Le gritan al emperador, que es más petiso que mi
contrincante y más maricón que travestido de los carnavales, baje el pulgar
para que me sentencie a muerte. ¡Cuántas veces lo he hecho orgulloso! Siempre
pensé que eran las reglas naturales del universo: “el más fuerte vence al más
débil”. ¡Y está bien que así sea! Es algo así como selección natural. El pez
grande se come al chico.
Pero ahora soy yo el que está en
esta situación. Pero, ¿por qué me encuentro en este escenario? Pensemos por un momento.
Soy el gladiador más famoso, más victorioso, el que rompió todos los records de
permanencia en la arena. Hace más de veinte años que vengo haciendo esto y sé
cómo hacerlo. No quiero pecar de soberbio pero soy muy bueno en lo que hago.
Este puto de mierda, perdón, sepan entender que soy un gladiador y no nos
reconocen mucho por nuestra tolerancia. El emperador no va a perder a su mejor
atracción. Este ignorante que ahora está en el suelo bien que mantiene ocupada
a esta manga de boludos mediocres, que viene a ser definida como pueblo, con
sus espadas, palos, masas con púas y demás invenciones de lo más horrorosas. Y
todo para que al señor no lo molesten con nimiedades tales como justicia,
libertad, educación, higiene y, lo peor de todo, hambre.
Si no estoy yo, ¿quién va a hacer
este trabajo que por sucio no deja de ser tan digno como cualquier otro? Seguro
que va a recordar aquella vez en que luché yo sólo contra tres que compraron
especialmente en Alejandría. ¡Ja! Al primero le corté la cabeza ni bien se me
paró a distancia de sable. Al segundo lo dejé desangrarse solo después de que
lo piqué en la femoral. Sufrió un poco el pobre porque lo primero que se pierde
en esos casos son las fuerzas y lo último es la conciencia. Cipriano, un colega
al que apreciaba mucho y lo tuve que clavar ahí en nuestra lucha, me lo fue
describiendo en su oportunidad. Y con el tercero confieso que me divertí un
poco. Como en seguida me di cuenta de que era el más débil, lo dejé para el
final, para que viera lo que le hacía a sus compañeros y se imaginara lo que le
esperaba. Ese es un truco psicológico que me enseñó don Marco, mi gran maestro.
No estuve bien, lo reconozco, pero no me arrepiento.
O tal vez se acuerde de los 237
cristianos que pasaron por mi espada en una sola sesión y casi sin desafilarla.
Los cristianos son una rara secta nueva que sigue a un fulano llamado Jesús que
dijo ser hijo de un dios único y verdadero. ¡Qué idiotas! ¿Cómo va haber un
solo dios? Escuhame un poco, nosotros que somos los dueños del mundo tenemos no
sé cuántos Dioses y estos muertos de hambre nos quieren convencer que tenemos
que renunciar a todos ellos y comenzar a creer en uno solo. ¡Por favor! Tan mal
no nos va. Si renunciamos a todos, ¿quién se va a ocupar de la guerra, del
fuego, del mar, de las cosechas? Y lo más importante, ¿quién se va a ocupar del
vino? Cómo jode la gente con estas ideas nuevas. Antes no era así la cosa.
O tal vez el emperador se acuerde
cuando tuve que lidiar con un león. Ahí sí que me asusté. Pensé que no salía vivo
de esa. Pero bueno, viejo, era un león. Hubiera sido una muerte dolorosa pero
digna. Si bien el muy turro me rasguñó un poco, bastante, le pude hundir el
puñal en la yugular. ¡Cómo gritaba la gente! ¡Saulo, Saulo, Saulo! Que 40.000
personas coreen tu nombre a la vez es la más maravillosa de las armonías. Es
adictivo, mucho más que el grito de dolor de una víctima o el gemido de placer
de una mujer. Matar lo puede hacer cualquier y hacer gozar a una mujer, más o menos también. Pero lograr que la gente grite
tu nombre en el Gran Coliseo, donde hasta los más valientes se cagaron encima, es
un plato que sólo los afortunados, los elegidos podemos comer. Y justamente eso
es lo que nos hace diferentes a los gladiadores del resto de los mortales. Y
mucho más, a los buenos gladiadores de los corrientes. Seguramente más de uno
de los que están en las tribunas quisieran estar en la arena y vivir la vida
peligrosa que vivimos. Dejar ser espectador para pasar a ser protagonista. Pero
bueno, no todos llegan. No te das una idea los cántaros de sangre que vi correr
en esta arena. Muchos que llegaron pensando que se llevaban el mundo por
delante, lo único que se llevaron por delante fue una espada clavada en el
abdomen en la contienda primera. Esto no es para todo el mundo, querido.
Espero que el señor tenga en
cuenta todos estos años de lealtad y servicio. Más de una vez me ofrecieron
libertad las señoras de la alta sociedad a cambio de una o más noches de
servicios. O cuántos sultanes, reyes y demás individuos con los más variados
pergaminos quisieron llevarme a sus tierras lejanas para armar este circo que
tan bien los romanos sabemos disfrutar a cambio de fortunas incalculables. Pero
siempre me negué por el único motivo de servir a nuestra madre Roma aunque más
no sea desde el Gran Coliseo.
Y estos ingratos vulgares, que
rápido se olvidan del tiempo que pasaron gracias a mis proezas de casi héroe.
Vienen acá para olvidarse de sus miserias, para no tener que enfrentarse a su
turbia realidad y ahora piden mi sacrifico. Seguro que el soberano va a tener
todo esto en cuenta y el pulgar va a apuntar hacia arriba.
¡No! ¡Maldito! ¡Malditos! “El Gran Saulo ha
sido muerto bajo la empuñadura de un petiso pedorro que le llegaba al hombro”,
se dirá en las calles mañana. ¡Qué vergüenza! ¡Qué deshonra! No es una muerte
que esté a mi altura. No es lo que merezco, no es lo que soñé.
Finalmente siento como el frío
del metal se me clava en la garganta y me cierra la respiración. Un hilo rojo y
caliente circula por mi cuello y el sol siempre encegueciéndome. Invariablemente
hay alguien que en definitiva nos supera y por más que soñemos e imaginemos el
mejor de los finales, a veces el destino logra imponer sus caprichos. Y yo que
nunca creí en el destino. Pero en estos últimos segundos de vida que me quedan
me doy cuenta que lo verdaderamente importante no es el final, como tan
firmemente pensaba. Lo que importa es el durante. El final es un accesorio
antojadizo. Y ahora es a mí al que lo primero que lo abandona son las fuerzas y
lo último es la conciencia.
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