lunes, 13 de abril de 2009

LA CARTA

Como todos los días hábiles de la semana llegué de trabajar y estacioné el auto en frente al edificio. Esa tarde tuve suerte porque encontré un lugar cerca y en poco tiempo. Marqué el código 4291B de la puerta de entrada, ésta se abrió por obra y gracia de la tecnología y, como siempre, me fijé si había alguna carta en el buzón. No terminaba de acostumbrarme a ver mi apellido de origen italiano, como más del cincuenta por ciento de los argentinos, entre tantos buenos apellidos franceses de la muy católica sociedad versallesca.

Decía que abrí el buzón y encontré las típicas publicidades con las ofertas de las grandes cadenas de supermercados, que las más importantes, creo, son de origen francés, y las eternas cuentas a pagar. En todas partes del mundo tienen esas rutinaria frialdad y odiosa información del tipo “estamos para servirle a usted, nuestro estimado cliente”, cuando tanto las empresas como los usuarios (pero nunca clientes) saben perfectamente que si uno quiere vivir más o menos en forma decente tiene que morir irremediablemente entre sus garras y aceptar todo lo que se les antoje. Tomé el paquete entero de cartas y sin mirar mucho, subí los tres pisos por la escalera que olía a madera bien encerada para llegar a la puerta número doce, que era donde estaba mi departamento. Dejé el paquete sobre la mesa siempre desordenada del comedor, me saqué los zapatos y el pantalón, me puse las zapatillas y esa bermuda azul de algodón grueso que era tan cómoda. Prendí la radio para tratar de adivinar las últimas noticias sobre esa absurda guerra entre Estados Unidos y alguien más y me serví un whisky con dos hielitos. Debo reconocer que el vaso no era el apropiado, pero sí era de vidrio y con eso para mí bastaba en aquel momento.

Volví a tomar el paquete de cartas dejado sobre la mesa para decidir cuál sería la bolsa de residuos que iba a necesitar para deshacerme de tanta publicidad. Ordené las cuentas que también vinieron y ahí reconocí tu letra manuscrita. No había reparado la presencia de esa carta frente a mi buzón en la planta baja. Había visto el sobre de perfil entre los folletos, pero pensé que era la cuenta del teléfono que tenía que estar por llegar en esos días.

Por supuesto que ese sobre lo dejé para el final, una vez que hubiera terminado con la rutina del orden de los hogares que tanto detesto pero que debía, de vez en cuando, seguir para no terminar inmerso entre papeles inútiles y platos a lavar. Me senté en el sofá que se hacía cama de dos plazas con funda azul que había comprado para recibir a las visitas que nunca fueron, tomé un sorbo del whisky que en esos momentos estaba a la temperatura justa porque los hielos se habían derretido sólo en una doceava parte, puse los pies sobre la mesa ratona, abrí el sobre y comencé a leer las tres carillas que habías enviado, empezando por donde todos los mortales lo hacen habitualmente, por la primera.

Terminé la carta y en ese momento fue cuando me di cuenta que ya había terminado el informativo de la radio y que habían empezado a pasar música y, no sé si gracias a la divina providencia o al señor programador de la radio, era buena y lo suficientemente suave para reflexionar sobre lo que acababa de leer.

Sabía muy bien que uno de tus juegos preferidos era estimular mis fantasías. Siempre lo hiciste, desde que nos conocimos hacía algunos años (no es importante cuántos). Y en ese tiempo, con un mar de distancia literalmente hablando, lo seguías haciendo. ¡Y bien que lo hacías! Era increíble cómo sabías qué decirme y cómo sabías qué no decirme dejando que mi cabeza completara los espacios en blanco. Creo que esa distancia era la que te daba más libertad para torturarme, mortificarme, desvelarme y darme latigazos de erotismo en mis noches de soledad. Porque perfectamente sabías que después de leer esa carta, inevitablemente esa noche iba a ser una más de las tantas de desvelo. Pero esa vez, por tu culpa.

Y cómo podía verte en una pantalla imaginaria de cincuenta y siete pulgadas frente al sofá-cama de funda azul, como si estuviera en un cine de hogar con sonido digital y envolvente y como, a causa de la carta, se te dibujaba una sonrisa de victoria en tu rostro. Y, así como así, me mandabas un beso mojando la punta de tus dedos índice y mayor de tu mano derecha porque con la izquierda sostenías el teléfono, mientras hacías giros cortos en sentidos antihorario y horario alternadamente en la silla giratoria de tu escritorio. Sin olvidar que mientras desaparecía esa pantalla imaginaria sostenías esa sonrisa perversa y lascivamente inocente que tanto me gustaba. Y a partir de ese preciso momento iba a ser imposible poder conciliar el sueño. ¡Maldita suerte! ¡Qué juego tan malicioso! Pero me gustaba. ¡Cómo me gustaba!

Porque también sabías y recordabas que yo también conocía tus debilidades y, algunas raras ocasiones, lograba llevarte y elevarte según mi antojo. Llevarte a ese lugar donde nuestras fantasías, las tuyas y las mías, se encontraban y hacían lo que nos vedábamos (o mejor dicho, nos vedabas) hacer en la realidad. Yo también sabía cómo hacer para que me miraras con “tu mirada” que ambos conocíamos. Y también disfrutaba del poder de ese juego. Que en definitiva de eso se trataba todo. De poder. Tuyo y mío.

Pero debo confesar que lamentablemente, o no, eras vos la que manejaba los tiempos. ¿Y cómo no ha de ser así si eras mujer? ¿Y cómo no ha de ser así si eras inteligente? ¿Y cómo no ha de ser así si tu belleza y sensualidad rebalsaban de tu cuerpo porque era demasiado pequeño para contenerlos? ¿Y cómo no ha de ser así si también me gustaba que así fuera? Siempre lograbas atraerme hasta ese punto en que el paso siguiente era morir en la cama de un hotel realizando las más libidinosas acrobacias amatorias pero, en vez de eso, me sumergías hasta el cuello en una pileta de hielo seco en la que clavabas tu bandera de “otra vez te gané, bombón”. Y luego desaparecías por más o menos un mes para después asomar y volver a empezar todo otra vez. Y siempre entraba en tu juego con la esperanza de que esa vez sí se cumplieran nuestros más oscuros deseos y siempre me llevaba una nueva desilusión. Una más que sumaba. Y otra y otra y otra… Era mi castigo, mi destino. Era mi purgatorio anticipado en la tierra.

- “¡Dormiste!”, se burlaban mis amigos cuando les contaba el suplicio. Pero no, no dormía. Nunca dormía. Justamente ese era el problema. Que después no podía dormir. Simplemente dejaba que sucediera y ahí estaba mi error.

Pero por fin tomé el coraje y esa misma noche del día que recibí tu carta me prometí que nunca más iba a volver a suceder. Era hora de que me tomaras en serio y de que me respetaras. Debía realizar una acción drástica. Más de una vez te había pedido y hasta suplicado terminar con el juego porque te estabas robando tanto mis energías como mi humor. Y más de una vez volviste a jugar y hacer conmigo lo que tu arbitrariedad te dictara en el momento. Y más de una vez yo mismo entraba e incitaba al juego. ¿Qué podía hacer? Es la naturaleza humana. ¿Qué podía hacer? En ocasiones sé muy bien lo que me hace mal, pero me gusta e inconscientemente lo busco y hasta lo provoco.

Y no. Esa noche por supuesto que casi no dormí por todas las imágenes que habías disparado como dardos que precisamente no eran tranquilizantes desde todas y cada una de las tres carillas manuscritas de tu carta, y elucubrando la solución a ese, mi gran problema. Y creo que eran las cuatro y veinticinco de la mañana cuando encontré la solución. Sí, sí… por fin la había encontrado. Ya no te burlarías más de mi debilidad hacia vos. Era la única manera de lograrlo. Y ese mar de distancia que mencioné antes sería mi perfecta coartada. ¿Quién pensaría y/o probaría que un argentino perdido en la ciudad de Versalles sin ninguna otra relación que una antigua amistad era el responsable del asesinato? Era fácil. Era muy fácil. Sólo tuve que hacer algunas llamadas a algún viejo conocido no muy santo, hacer una transferencia bancaria a un amigo del cuñado del primo del vecino de un conocido del autor y listo. Todo solucionado. Por fin encontraría la paz. ¡Por fin!

Y así sucedió. Sin más. No me enteré ni cómo ni cuándo porque había pedido que así fuera. Para mí ya estaba realizado en el instante en que había tomado la decisión y desde ese mismo momento me sentí liberado de mi martirio.

Pero lo que no había previsto era que por más que la policía argentina no tenía los recursos que toda policía debiera tener, poseía la creatividad que nos caracteriza como pueblo y que tanto nos valoran a los que tuvimos que emigrar. Tenía la inventiva e intuición que a veces pueden reemplazar a los recursos. No sé cómo, seguramente a través del banco (¡otra vez esos desgraciados!), pero llegaron a mi persona. La justicia argentina pidió mi extradición, cosa que los jueces locales no dudaron en hacer efectiva en muy corto tiempo porque es bien sabido que a los franceses no les gusta hospedar a asesinos en sus tierras. Y menos aún, a la muy católica sociedad versallesca.

Fui a juicio. Fui encontrado culpable y condenado a veinticinco años de prisión. No hice apelación alguna porque yo era el culpable. Y si bien me había convertido en un asesino, todavía tengo ese dejo de responsabilidad de hombre de bien que asume los actos que realiza y sus consecuencias.

Y ahora, con todos los años que pasaron desde ese día en que recibí tu carta, me doy cuenta que todo fue inútil, que todo fue en vano. Estoy peor que antes. Ahora tengo en mi conciencia la viudez de tu marido y que tus hijos son huérfanos de madre en el momento en que más te necesitan. Tengo una condena de veinticinco años de cárcel como autor intelectual de un asesinato. Y no sólo eso, si no que también te me aparecés casi todas las noches en mis sueños burlándote como siempre de mi debilidad hacia vos y jugando a ese mismo juego que tanto nos gusta jugar. Pero ahora ni siquiera tengo el consuelo que antes me daba la esperanza de poder satisfacer nuestras fantasías porque sos un fantasma, el más hermoso de los fantasmas.