Íbamos 12 buenas a 14 malas. Por supuesto que éramos nosotros los que estábamos perdiendo. La digestión del asado con vino tinto ya había terminado. Esa fue la razón, el asado y el vino, que más fácil encontramos para justificar que a esta altura de la partida estemos perdiendo por tanta diferencia. La brisa de las cuatro y media de la tarde de ese día de verano había empezado y las mujeres estaban volviendo al quincho justo a tiempo para ver el desenlace del enfrentamiento de naipes.
El Truco. Sí que es un juego de cartas argentino. No sé si porque nosotros fuimos los inventores (no quiero permanecer ajeno a mi origen en este caso), pero sí por el tipo de juego que es y cómo se juega. Las cartas tienen otro valor que el indicado por sus números. Ese valor es totalmente arbitrario y no sigue ningún tipo de lógica. Hay que jugar hablando mucho, diciendo nada y todo en doble sentido. Se miente permanentemente y se le ponen trampas al adversario para crea lo que no es. Las señas que definen las cartas son todas referidas a la seducción machista.
Me tocaba a mí ser pie y ya no teníamos margen para el error. Aparentemente, el partido se nos estaba yendo de las manos, mi compañero estaba bloqueado y los contrincantes ya estaban regocijándose por adelantado de la victoria por llegar, haciéndonos una descripción muy precisa de lo que querían comer en el asado del fin de semana siguiente. Justamente porque esa era la apuesta y porque de eso se trata el juego. La pareja que perdía debía pagar el asado de su propio bolsillo para todos los presentes, incluyendo el vino, las gaseosas, las ensaladas y la picada previa. Era una suma para no despreciar.
Mezclé el mazo, le pedí al que estaba sentado a mi izquierda (persona a la que llamaremos Sr. X para identificarlo posteriormente) que haga el corte reglamentario y empecé a repartir las cartas en contra las agujas del reloj sin dirigirle la mirada a mi pareja pero tampoco sin sacarle la vista a ninguno de mis dos contrincantes, con una mirada fría y muda, como para poder robar alguna seña, si es que hacían alguna. No, no hicieron ninguna. Todos levantaron sus cartas de la mesa para empezar a jugar menos yo. La mano depositó un caballo sin decir nada. Mi compañero me miraba desesperado al no tener ninguna carta de valor esperando recibir alguna orden de mi parte. No lo miré ni le dije nada. Yo tenía mis ojos clavados en el Sr. X porque él era pie, al igual que yo. Mi compañero puso incrédulo y temeroso un tímido rey para matar al caballo y llevar el problema hacia más adelante. El Sr. X puso en silencio un desafiante ancho falso, que era suficiente para matar al rey, sin quitarme los ojos de encima y, ahora sí, desdibujando una sonrisa casi imperceptible a sabiendas que eso pondría más presión aún sobre mis hombros.
Mi compañero me habló. No sé lo que me dijo. Yo estaba tan inmerso en mis propios análisis que no lo escuché. En realidad no sólo era él al que no escuchaba. Fue como si me hubiera vuelto sordo hacia el exterior y que sólo oyera mi corazón, que cada vez latía más rápido y con más fuerza aumentando tanto el ritmo como la presión cardíacos. Como mi cuerpo no es ajeno a las leyes de la hidrodinámica, mis venas se hincharon. Esto todos lo pudieron verificar al ver que el diámetro de una de ellas de mi frente aumentó casi de manera instantánea y considerable.
Mis ojos se cerraban y se volvían a abrir como buscando una explicación pero sin mostrar mi pánico en toda su expresión. Justo en ese momento crucial del partido en que necesitábamos cartas de valor como para poder sumar puntos y evitar la catástrofe ya casi inevitable, la diosa Fortuna nos había abandonado y castigado con esas miserias. Justo en ese momento la balanza caprichosa del azar se inclinaba hacia el lado equivocado, el otro. Justo en ese momento en que todas las mujeres serían testigos perfectos y de cuerpo presente de la vergüenza insalvable, la impertinencia del mazo se hizo presente por enésima vez. Bueno, en general todo eso pasa tanto en el truco como en la vida misma.
Fue una eternidad que duró sólo unos 15 segundos cuando dije, mirando con respeto pero con valor al Sr. X, sin preámbulos y con una decisión sin bordes, "¡falta envido!" Mi compañero posó las cartas sobre la mesa y movía la cabeza en forma desaprobatoria. Un suspiro taladrante se escuchó del lado de las mujeres. El Sr. X sonreía buscando algún indicio, alguna mueca, alguna señal para poder adivinar si mentía o, aunque sea por una puta vez en todo el partido, decía la verdad. Y yo, yo bajé mis cartas y las apoyé sobre la mesa sin sacarlas de mis manos que, por cierto, estaban sudadas. Una gota de transpiración cayó de mi sien derecha. No sé si por los nervios o por el calor del verano. Tampoco era importante el motivo. Fue suficiente para que el Sr. X haya dicho “quiero”.
Los 23 puntos que sumaban mis cartas no alcanzaron para evitar el naufragio, el derrumbe. También fueron los tantos más caros de mi vida. No sólo porque gracias a ellos tuve que pagar la mitad del asado siguiente, si no porque además gané los reproches interminables e irreproducibles de mi compañero, perdí el respeto de las mujeres presentes y es el día de hoy que mis contrincantes me hacen sentir el ser más miserable de la tierra con sus bromas. Bueno, en general todo eso pasa tanto en el truco como en la vida misma.
lunes, 30 de marzo de 2009
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