Cuento ganador del concurso literario organizado por el Museo del Viento en el año 2007
Cansado de esta agobiante intranquilidad que me persigue con total éxito desde hace algunos meses, decidí ponerle fin de una vez y para siempre. Seguramente que con el tiempo vendrán otras intranquilidades, pero no será ésta la que me moleste. El hecho de que las intranquilidades vayan mutando es una demostración de que estoy vivo, de que me estoy moviendo. Es por eso que quiero deshacerme de esta.
Cansado ya, decía, me dirigí ese jueves al bar de la esquina de las calles Las Heras y Uriburu. Al abrir la puerta, su decoración con firuletes, que me recordaban la camaradería y la bonanza de otras décadas, me dieron esa bienvenida incondicional que necesitaba. Me senté en una de las mesas que estaba próximas a las ventanas y le pedí al mozo que por favor me trajera una ginebra.
- Ya nadie pide eso – me dijo. – Pero no te preocupes porque tengo un par de botellas cerradas por ahí. Te pido que me tengas paciencia por unos minutos.
- No llego tarde a ningún lado – le contesté.
Por primera vez desde hacía algunos años me sentía sin apuro alguno. “No llego tarde a ningún lado”. Hacía tiempo que las coordenadas espacio-tiempo no se conjugaban de la manera favorable. Estaba en el lugar que quería y en el momento que deseaba para cumplir un solo propósito, no lo olvidemos: ponerle fin a esta intranquilidad.
Fue después del tercer vaso de ginebra cuando me di cuenta de que mi intranquilidad no me dejaba en paz. Yo creía que ese aletargamiento que produce el alcohol me iba a salvar. La anestesia y el sueño no sólo que no vinieron a mi rescate si no que transformaron a la ginebra en un simple placebo.
- Siempre pasa eso, pibe – me dijo una persona de barba canosa que estaba sentada a dos mesas de distancia. – Si querés quitarte las penas con el alcohol, lo único que vas a lograr es que tu tristeza sea aún más profunda – decía mientras goteaba la condensación de su vaso de cerveza.
- ¿Y a usted que le importa? – contesté descortés.
- No, a mí no me importa. Es tu vida. Pero si no fueras tan arrogante, te contaría una leyenda del barrio que quita las intranquilidades.
Intranquilidades dijo.
- Disculpe, señor. Dispare sin más su relato que lo escucho con mucho interés.
Y empezó a relatar.
Cuentan que hay una ráfaga de viento que viene del oeste. Dicen que baja por la calle Uriburu y que pasa por la altura de la Av. Las Heras hasta desaparecer en los paredones del cementerio. Eso pasa en general durante la semana y por la noche. Su duración es de unos quince o veinte minutos, no más. Y aseguran que si el que esté pasando por el lugar es atravesado por la ráfaga, ya sea por casualidad o por un efecto buscado por el atravesado, queda limpio de las angustias que atormentan su alma y/o perturban su sueño. Pero no queda inmune de ellas hasta el fin de sus días. Es como saldar una cuenta a cero y volver a endeudarse. Es algo así como la confesión para los católicos. Van al cura, le cuentan todas sus miserias y quedan inmaculados y dispuestos para volver a cometer los mismos pecados de siempre. En el barrio la llaman “el Viento de Uriburu”.
¡Pero cuidado! No hay que abusar de este efecto salvador. Además hay algunas condiciones que se deben cumplir. La angustia debe ser verdaderamente profunda y fuera de lo común. Señalan también que quedan descartadas las aflicciones causadas por algún desamor, las penurias futbolísticas y la melancolía que llora la muerte de algún ser querido.
Moví mi cabeza con desaprobación y por supuesto que mi cara no disimuló mi incredulidad.
- Vos no lo creas y seguí sufriendo, entonces – sentenció el de barba canosa antes de mojarse los labios con ese vaso de tentadora cerveza fría.
Tomé una ginebra más (y fueron cuatro) y pagué la cuenta. Aunque no era mucho, dejé algo de propina y abandoné bar sin deshacerme de mi recelo.
Pasaron algunos días y al descubrir que mi condición de intranquilo no cambiaba en absoluto, decidí darme una vuelta por la esquina de Las Heras y Uriburu algún día de la semana y por la noche. Desde ya que lo hice en la más cuidadosa de las reservas. ¿Qué opinarían mis más íntimos amigos al enterarse que yo, el más acérrimo enemigo de todos los horóscopos, medicinas alternativas, curanderos, brujas y, en especial, de la astrología, me dirigía hacia el efecto mágico, no racional, fuera de lógica y supuestamente sanador de una ráfaga de viento? Seguramente sentenciarían y darían como refutadas por mi propia acción a todos los razonamientos de rigor casi científico que expuse, de manera airada en tertulias trasnochadas, en contra de esas corrientes. Y eso mi orgullo no estaba dispuesto a permitirlo.
Llegué a la esquina en cuestión algún martes de luna nueva siendo las diez menos diez de la noche. Era otoño y estaba fresco como cualquier otra noche de abril. Nada fuera de lo común. En la calle había poca gente, cosa que favorecía a mi timidez. Me paré a la mitad de la cuadra que va hacia el cementerio, sobre Uriburu. Pasaron diez, quince y veinte minutos y estaba ahí parado con la misma impaciencia que tiene alguien que teme el plantón de una amante.
De repente comenzaron a levantarse las hojas caídas de los árboles en un pequeño remolino y el olor cambió.
- Debe ser éste el viento – pensé. Dudé.
- No pierdo nada. Como dijo el poeta, a lo mejor resulta bien – volví a pensar.
Dejé las manos en los bolsillos de la campera, cerré los ojos, respiré bien profundo y mis pulmones se llenaron de un perfume como de arándanos mientras mis pocos pelos se movieron al mismo compás del viento.
El viento pasó y tengo que confesar que me sentí más liviano. Pero no en sentido figurado, si no en sentido literal. Caminaba con más facilidad, como si hubiera bajado cinco kilos en un solo instante. Pero sólo eso. Se había hecho tarde. Me tomé el 60 y me fui a mi casa sin ningún otro cambio aparente.
Al otro día, sonó el despertador a las siete de la mañana. Prendí la radio y, al abrir la canilla para comenzar con mi afeitada habitual, descubrí que mi intranquilidad en efecto me había abandonado. Me sentía tan libre como cuando descubrí, al terminar el colegio secundario, que toda la vida me pertenecía y que los límites del mundo estaban tan lejos que iba a tardar la misma eternidad en descubrirlos. Había dado resultado…
Estaba limpio y estaba preparado para que me encuentre una nueva intranquilidad que me quitara el sueño para seguir, una vez más, con la maravillosa experiencia que resulta vivir.
lunes, 30 de marzo de 2009
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De eso se trata la vida. ¡a no aflojarle ni un tranco 'e pulga!
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