Era la Semana Santa de un año cualquiera cuando decidimos, después de unos meses bastante duros, tomarnos unos días e ir a la costa. Valeria del Mar fue el lugar elegido. Playa tranquila, linda, acogedora y cerca de Pinamar, zona donde el ruido es muy fácil encontrarlo. No la quise describir como pintoresca porque para mí es una manera elegante de decir que un lugar es una verdadera mierda. Llovió todo el fin de semana, por supuesto. Pero eso no nos importaba porque estábamos tan hambrientos de despeje y/o escape, que cualquier excusa valía para lograr la risita fácil, tan necesaria a veces.
Decía que el jueves a la mañana temprano nos subimos arriba del “blanquito” y tomamos la Ruta 2 rumbo a la costa. Así era como llamábamos al Fiat Uno que más de una vez me dejó varado en el camino pero que lo recuerdo con mucho cariño porque fue mi primer auto. Ya esa misma mañana llovía a baldazos ininterrumpidos pero sobrellevamos muy bien el viaje gracias a que teníamos mate, una guitarra y muchos cassettes para poner en el equipo de música del auto.
Llegamos a destino y nos ubicamos muy fácil en un hotel de la zona. Hicimos alguna recorrida obligada, almorzamos en alguna fonda del lugar con empanaditas de vigilia de entrada y, luego de algunos paseos, volvimos al hotel a hacer una siesta vespertina y reparadora para poder afrontar la larga noche por venir.
Fuimos a cenar a un restaurant de pastas muy conocido. Esto no nos vino muy bien porque comimos como si fuera la ultima vez, lo que nos sacó toda la sangre de la cabeza para llevarla al estomago y así, de esta manera, éste podría hacer una digestión decente o, al menos, intentarlo. A la salida encontramos un bar en pleno centro que se llamaba “Brujas e Iguanas” y entramos para tomar un tecito bajativo.
A medida que iba avanzando la noche y las conversaciones se tornaban más y mas animadas, llegó una pareja para cantar en vivo y hacer una especie de canto-bar improvisado. Por supuesto que nuestra estrella de rock que se encontraba con nosotros no desaprovechó la oportunidad para demostrar sus “en-cantos”. Quiero decir, que casi le sacó el micrófono en forma literal a la cantante para apoderarse irremediablemente de la atención de los presentes por el espacio de dos o tres canciones enteras. Y sí, como tiene buena voz, logró algún que otro aplauso, pero tampoco fue para tanto, eh…
Como ya nos habíamos animado a pedir una jarra de clericot que estaba bien frío y con mucha fruta de la buena, la pareja cantora seguía con su espectáculo, el bar ya estaba lleno en sus mesas y las canciones que todos cantaban eran divertidas y muy conocidas, la cosa se estaba empezando a animar, lo que encontramos para nada desagradable.
Finalizado el show en vivo, los encargados del bar pusieron música del tipo “tachín-tachín”, o sea, para mover y entusiasmar a los clientes, se corrieron las mesas del lugar y… ¡a bailar se ha dicho! En ese momento nos dimos cuenta de que no pagamos un solo peso por lo que habíamos consumido. Pero no fue adrede, si no que las circunstancias nos ayudaron en este olvido. Pero, como nobleza obliga, hay que reconocer que tampoco insistimos mucho para saldar esta deuda.
Íbamos de acá para allá dentro del bar, pedíamos cervezas, tomábamos las manos de alguna compañera ocasional de baile sin dejar de hacerle una sonrisa cómplice como para caer simpático y hacíamos las estupideces acostumbradas para lograr la atención de las jóvenes, tanto en grupo como individualmente. Se ve que esto nos dio algún resultado positivo porque al ser sólo tres, nos vimos rodeados, encerrados, casi acorralados de seis (sí, ¡seis!) especímenes de hembra que era como si lucharan entre sí para ver quién se quedaba con la presa. O al menos eso fue los que nos quedó más cómodo imaginar para aumentar nuestro ego. Pero lo que si era una verdad irrefutable es que éramos tres contra seis. “¿Cómo resolvemos esto? ¡No se con quien quedarme!”, fueron sólo dos de los pensamientos que se nos vinieron a la cabeza o comentamos en secreto entre nosotros. “No sé, pero elegí a alguna antes de que se te vuele el avispero entero”, sentenció uno de mis camaradas. Luego de una leve reflexión llegue a la conclusión que tenía toda la razón existente sobre este mundo y sobre el otro también.
La cuestión es que me moví rápido y logré decidirme luego de hacer un cuadro comparativo de manera mental para asignarle un puntaje a cada cualidad (tales como cuerpo, cara, forma de moverse, simpatía, voz, comentarios, etc.) y poder así elegir de la manera lo más racional posible. Si, así lo hice, ¿y qué? Para poner en evidencia mi decisión aplique la famosa técnica del “manosero”. ¿Cuál es esta técnica? Bailar y tomar de las manos a la víctima, acercársele de manera excesiva pero no abusiva, pasarle la mano derecha por la cintura mientras que con la izquierda se toma la suya para bailar la poca lambada que la cintura del ejecutante permita y, por ultimo y como recurso extremo, cruzar el brazo por encima de los hombros. ¿Por qué digo esto acerca del cruce de la mano? Porque una vez un amigo me dijo que cuando hago eso, quiere decir que ya perdí cualquier medida o reparo y paso a hacer cualquier cosa sometiéndome a los mas vergonzosos rebajes con tal de lograr mi objetivo.
De manera similar mis compañeros tomaron sus decisiones. Fue muriendo la noche dejando su lugar a la mañana. Fue cuando nos pusimos de acuerdo los seis y fuimos a caminar por la playa para esperar el amanecer ya que quedaba a sólo unas cuadras del lugar. Cometario va, comentario viene y con una planificación tácita nos fuimos separando para quedar sólo en parejas. Yo me senté con mi compañera en un asiento de plaza que se encontraba frente al mar sin que nadie más se encontrara dentro de un círculo de 22,3 m de radio aproximadamente. Seguimos hablando y hablando desviando la conversación hacia los temas que manejaba o sabía llevar, no sólo para impresionar, si no para llegar lo más rápido posible al objetivo de la noche, sea cual fuere éste.
En ese momento vi una especie de sonrisa hipnotizada en ella, lo que me estimuló a seguir en el camino por el que estaba yendo. Aproveché la ocasión para dar el tiro de gracia como para definir la situación y me moví hacia uno de mis costados para que me resultara mas fácil levantar mi pierna derecha y apoyarla sobre el banco. ¡Error! ¡Grave error! Ese movimiento dejo escapar el más inesperado, inoportuno, improcedente, inconveniente, desubicado y perdido pedo de toda mi vida. No sé por qué vino. No sé por qué llego. Fue un instante en el que dudé y me dije: “¿Y ahora qué hago? Si yo lo escuché, vos que estás a sólo 10 cm de distancia también lo escuchaste. Vos no fuiste y no hay nadie alrededor. Entonces, ¿quién fue? ¿Y quién va a ser? ¡Fui yo! Y vos sabés que fui yo. Y yo sé que vos sabés que fui yo. ¿Qué hago?” Resolví por hacer como si no hubiera pasado nada, refugiándome en su duda de “me habrá parecido” y rezándole a todos los santos para que no aparezca un olor que confirme sus suposiciones. Por suerte nunca apareció. Pero lo escuchó. Porque al ratito, no más, se fue su sonrisa de hipnotizada y nos encontramos con las otras dos parejas para dejarlas a todas ellas en los hoteles en los que estaban parando. Una vez más me fui a dormir derrotado. Y esta vez, sólo por un pedo.
lunes, 30 de marzo de 2009
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