lunes, 13 de abril de 2009

LA CARTA

Como todos los días hábiles de la semana llegué de trabajar y estacioné el auto en frente al edificio. Esa tarde tuve suerte porque encontré un lugar cerca y en poco tiempo. Marqué el código 4291B de la puerta de entrada, ésta se abrió por obra y gracia de la tecnología y, como siempre, me fijé si había alguna carta en el buzón. No terminaba de acostumbrarme a ver mi apellido de origen italiano, como más del cincuenta por ciento de los argentinos, entre tantos buenos apellidos franceses de la muy católica sociedad versallesca.

Decía que abrí el buzón y encontré las típicas publicidades con las ofertas de las grandes cadenas de supermercados, que las más importantes, creo, son de origen francés, y las eternas cuentas a pagar. En todas partes del mundo tienen esas rutinaria frialdad y odiosa información del tipo “estamos para servirle a usted, nuestro estimado cliente”, cuando tanto las empresas como los usuarios (pero nunca clientes) saben perfectamente que si uno quiere vivir más o menos en forma decente tiene que morir irremediablemente entre sus garras y aceptar todo lo que se les antoje. Tomé el paquete entero de cartas y sin mirar mucho, subí los tres pisos por la escalera que olía a madera bien encerada para llegar a la puerta número doce, que era donde estaba mi departamento. Dejé el paquete sobre la mesa siempre desordenada del comedor, me saqué los zapatos y el pantalón, me puse las zapatillas y esa bermuda azul de algodón grueso que era tan cómoda. Prendí la radio para tratar de adivinar las últimas noticias sobre esa absurda guerra entre Estados Unidos y alguien más y me serví un whisky con dos hielitos. Debo reconocer que el vaso no era el apropiado, pero sí era de vidrio y con eso para mí bastaba en aquel momento.

Volví a tomar el paquete de cartas dejado sobre la mesa para decidir cuál sería la bolsa de residuos que iba a necesitar para deshacerme de tanta publicidad. Ordené las cuentas que también vinieron y ahí reconocí tu letra manuscrita. No había reparado la presencia de esa carta frente a mi buzón en la planta baja. Había visto el sobre de perfil entre los folletos, pero pensé que era la cuenta del teléfono que tenía que estar por llegar en esos días.

Por supuesto que ese sobre lo dejé para el final, una vez que hubiera terminado con la rutina del orden de los hogares que tanto detesto pero que debía, de vez en cuando, seguir para no terminar inmerso entre papeles inútiles y platos a lavar. Me senté en el sofá que se hacía cama de dos plazas con funda azul que había comprado para recibir a las visitas que nunca fueron, tomé un sorbo del whisky que en esos momentos estaba a la temperatura justa porque los hielos se habían derretido sólo en una doceava parte, puse los pies sobre la mesa ratona, abrí el sobre y comencé a leer las tres carillas que habías enviado, empezando por donde todos los mortales lo hacen habitualmente, por la primera.

Terminé la carta y en ese momento fue cuando me di cuenta que ya había terminado el informativo de la radio y que habían empezado a pasar música y, no sé si gracias a la divina providencia o al señor programador de la radio, era buena y lo suficientemente suave para reflexionar sobre lo que acababa de leer.

Sabía muy bien que uno de tus juegos preferidos era estimular mis fantasías. Siempre lo hiciste, desde que nos conocimos hacía algunos años (no es importante cuántos). Y en ese tiempo, con un mar de distancia literalmente hablando, lo seguías haciendo. ¡Y bien que lo hacías! Era increíble cómo sabías qué decirme y cómo sabías qué no decirme dejando que mi cabeza completara los espacios en blanco. Creo que esa distancia era la que te daba más libertad para torturarme, mortificarme, desvelarme y darme latigazos de erotismo en mis noches de soledad. Porque perfectamente sabías que después de leer esa carta, inevitablemente esa noche iba a ser una más de las tantas de desvelo. Pero esa vez, por tu culpa.

Y cómo podía verte en una pantalla imaginaria de cincuenta y siete pulgadas frente al sofá-cama de funda azul, como si estuviera en un cine de hogar con sonido digital y envolvente y como, a causa de la carta, se te dibujaba una sonrisa de victoria en tu rostro. Y, así como así, me mandabas un beso mojando la punta de tus dedos índice y mayor de tu mano derecha porque con la izquierda sostenías el teléfono, mientras hacías giros cortos en sentidos antihorario y horario alternadamente en la silla giratoria de tu escritorio. Sin olvidar que mientras desaparecía esa pantalla imaginaria sostenías esa sonrisa perversa y lascivamente inocente que tanto me gustaba. Y a partir de ese preciso momento iba a ser imposible poder conciliar el sueño. ¡Maldita suerte! ¡Qué juego tan malicioso! Pero me gustaba. ¡Cómo me gustaba!

Porque también sabías y recordabas que yo también conocía tus debilidades y, algunas raras ocasiones, lograba llevarte y elevarte según mi antojo. Llevarte a ese lugar donde nuestras fantasías, las tuyas y las mías, se encontraban y hacían lo que nos vedábamos (o mejor dicho, nos vedabas) hacer en la realidad. Yo también sabía cómo hacer para que me miraras con “tu mirada” que ambos conocíamos. Y también disfrutaba del poder de ese juego. Que en definitiva de eso se trataba todo. De poder. Tuyo y mío.

Pero debo confesar que lamentablemente, o no, eras vos la que manejaba los tiempos. ¿Y cómo no ha de ser así si eras mujer? ¿Y cómo no ha de ser así si eras inteligente? ¿Y cómo no ha de ser así si tu belleza y sensualidad rebalsaban de tu cuerpo porque era demasiado pequeño para contenerlos? ¿Y cómo no ha de ser así si también me gustaba que así fuera? Siempre lograbas atraerme hasta ese punto en que el paso siguiente era morir en la cama de un hotel realizando las más libidinosas acrobacias amatorias pero, en vez de eso, me sumergías hasta el cuello en una pileta de hielo seco en la que clavabas tu bandera de “otra vez te gané, bombón”. Y luego desaparecías por más o menos un mes para después asomar y volver a empezar todo otra vez. Y siempre entraba en tu juego con la esperanza de que esa vez sí se cumplieran nuestros más oscuros deseos y siempre me llevaba una nueva desilusión. Una más que sumaba. Y otra y otra y otra… Era mi castigo, mi destino. Era mi purgatorio anticipado en la tierra.

- “¡Dormiste!”, se burlaban mis amigos cuando les contaba el suplicio. Pero no, no dormía. Nunca dormía. Justamente ese era el problema. Que después no podía dormir. Simplemente dejaba que sucediera y ahí estaba mi error.

Pero por fin tomé el coraje y esa misma noche del día que recibí tu carta me prometí que nunca más iba a volver a suceder. Era hora de que me tomaras en serio y de que me respetaras. Debía realizar una acción drástica. Más de una vez te había pedido y hasta suplicado terminar con el juego porque te estabas robando tanto mis energías como mi humor. Y más de una vez volviste a jugar y hacer conmigo lo que tu arbitrariedad te dictara en el momento. Y más de una vez yo mismo entraba e incitaba al juego. ¿Qué podía hacer? Es la naturaleza humana. ¿Qué podía hacer? En ocasiones sé muy bien lo que me hace mal, pero me gusta e inconscientemente lo busco y hasta lo provoco.

Y no. Esa noche por supuesto que casi no dormí por todas las imágenes que habías disparado como dardos que precisamente no eran tranquilizantes desde todas y cada una de las tres carillas manuscritas de tu carta, y elucubrando la solución a ese, mi gran problema. Y creo que eran las cuatro y veinticinco de la mañana cuando encontré la solución. Sí, sí… por fin la había encontrado. Ya no te burlarías más de mi debilidad hacia vos. Era la única manera de lograrlo. Y ese mar de distancia que mencioné antes sería mi perfecta coartada. ¿Quién pensaría y/o probaría que un argentino perdido en la ciudad de Versalles sin ninguna otra relación que una antigua amistad era el responsable del asesinato? Era fácil. Era muy fácil. Sólo tuve que hacer algunas llamadas a algún viejo conocido no muy santo, hacer una transferencia bancaria a un amigo del cuñado del primo del vecino de un conocido del autor y listo. Todo solucionado. Por fin encontraría la paz. ¡Por fin!

Y así sucedió. Sin más. No me enteré ni cómo ni cuándo porque había pedido que así fuera. Para mí ya estaba realizado en el instante en que había tomado la decisión y desde ese mismo momento me sentí liberado de mi martirio.

Pero lo que no había previsto era que por más que la policía argentina no tenía los recursos que toda policía debiera tener, poseía la creatividad que nos caracteriza como pueblo y que tanto nos valoran a los que tuvimos que emigrar. Tenía la inventiva e intuición que a veces pueden reemplazar a los recursos. No sé cómo, seguramente a través del banco (¡otra vez esos desgraciados!), pero llegaron a mi persona. La justicia argentina pidió mi extradición, cosa que los jueces locales no dudaron en hacer efectiva en muy corto tiempo porque es bien sabido que a los franceses no les gusta hospedar a asesinos en sus tierras. Y menos aún, a la muy católica sociedad versallesca.

Fui a juicio. Fui encontrado culpable y condenado a veinticinco años de prisión. No hice apelación alguna porque yo era el culpable. Y si bien me había convertido en un asesino, todavía tengo ese dejo de responsabilidad de hombre de bien que asume los actos que realiza y sus consecuencias.

Y ahora, con todos los años que pasaron desde ese día en que recibí tu carta, me doy cuenta que todo fue inútil, que todo fue en vano. Estoy peor que antes. Ahora tengo en mi conciencia la viudez de tu marido y que tus hijos son huérfanos de madre en el momento en que más te necesitan. Tengo una condena de veinticinco años de cárcel como autor intelectual de un asesinato. Y no sólo eso, si no que también te me aparecés casi todas las noches en mis sueños burlándote como siempre de mi debilidad hacia vos y jugando a ese mismo juego que tanto nos gusta jugar. Pero ahora ni siquiera tengo el consuelo que antes me daba la esperanza de poder satisfacer nuestras fantasías porque sos un fantasma, el más hermoso de los fantasmas.

lunes, 30 de marzo de 2009

EL VIENTO DE URIBURU

Cuento ganador del concurso literario organizado por el Museo del Viento en el año 2007

Cansado de esta agobiante intranquilidad que me persigue con total éxito desde hace algunos meses, decidí ponerle fin de una vez y para siempre. Seguramente que con el tiempo vendrán otras intranquilidades, pero no será ésta la que me moleste. El hecho de que las intranquilidades vayan mutando es una demostración de que estoy vivo, de que me estoy moviendo. Es por eso que quiero deshacerme de esta.

Cansado ya, decía, me dirigí ese jueves al bar de la esquina de las calles Las Heras y Uriburu. Al abrir la puerta, su decoración con firuletes, que me recordaban la camaradería y la bonanza de otras décadas, me dieron esa bienvenida incondicional que necesitaba. Me senté en una de las mesas que estaba próximas a las ventanas y le pedí al mozo que por favor me trajera una ginebra.

- Ya nadie pide eso – me dijo. – Pero no te preocupes porque tengo un par de botellas cerradas por ahí. Te pido que me tengas paciencia por unos minutos.

- No llego tarde a ningún lado – le contesté.

Por primera vez desde hacía algunos años me sentía sin apuro alguno. “No llego tarde a ningún lado”. Hacía tiempo que las coordenadas espacio-tiempo no se conjugaban de la manera favorable. Estaba en el lugar que quería y en el momento que deseaba para cumplir un solo propósito, no lo olvidemos: ponerle fin a esta intranquilidad.

Fue después del tercer vaso de ginebra cuando me di cuenta de que mi intranquilidad no me dejaba en paz. Yo creía que ese aletargamiento que produce el alcohol me iba a salvar. La anestesia y el sueño no sólo que no vinieron a mi rescate si no que transformaron a la ginebra en un simple placebo.

- Siempre pasa eso, pibe – me dijo una persona de barba canosa que estaba sentada a dos mesas de distancia. – Si querés quitarte las penas con el alcohol, lo único que vas a lograr es que tu tristeza sea aún más profunda – decía mientras goteaba la condensación de su vaso de cerveza.

- ¿Y a usted que le importa? – contesté descortés.

- No, a mí no me importa. Es tu vida. Pero si no fueras tan arrogante, te contaría una leyenda del barrio que quita las intranquilidades.

Intranquilidades dijo.

- Disculpe, señor. Dispare sin más su relato que lo escucho con mucho interés.

Y empezó a relatar.

Cuentan que hay una ráfaga de viento que viene del oeste. Dicen que baja por la calle Uriburu y que pasa por la altura de la Av. Las Heras hasta desaparecer en los paredones del cementerio. Eso pasa en general durante la semana y por la noche. Su duración es de unos quince o veinte minutos, no más. Y aseguran que si el que esté pasando por el lugar es atravesado por la ráfaga, ya sea por casualidad o por un efecto buscado por el atravesado, queda limpio de las angustias que atormentan su alma y/o perturban su sueño. Pero no queda inmune de ellas hasta el fin de sus días. Es como saldar una cuenta a cero y volver a endeudarse. Es algo así como la confesión para los católicos. Van al cura, le cuentan todas sus miserias y quedan inmaculados y dispuestos para volver a cometer los mismos pecados de siempre. En el barrio la llaman “el Viento de Uriburu”.

¡Pero cuidado! No hay que abusar de este efecto salvador. Además hay algunas condiciones que se deben cumplir. La angustia debe ser verdaderamente profunda y fuera de lo común. Señalan también que quedan descartadas las aflicciones causadas por algún desamor, las penurias futbolísticas y la melancolía que llora la muerte de algún ser querido.

Moví mi cabeza con desaprobación y por supuesto que mi cara no disimuló mi incredulidad.

- Vos no lo creas y seguí sufriendo, entonces – sentenció el de barba canosa antes de mojarse los labios con ese vaso de tentadora cerveza fría.

Tomé una ginebra más (y fueron cuatro) y pagué la cuenta. Aunque no era mucho, dejé algo de propina y abandoné bar sin deshacerme de mi recelo.

Pasaron algunos días y al descubrir que mi condición de intranquilo no cambiaba en absoluto, decidí darme una vuelta por la esquina de Las Heras y Uriburu algún día de la semana y por la noche. Desde ya que lo hice en la más cuidadosa de las reservas. ¿Qué opinarían mis más íntimos amigos al enterarse que yo, el más acérrimo enemigo de todos los horóscopos, medicinas alternativas, curanderos, brujas y, en especial, de la astrología, me dirigía hacia el efecto mágico, no racional, fuera de lógica y supuestamente sanador de una ráfaga de viento? Seguramente sentenciarían y darían como refutadas por mi propia acción a todos los razonamientos de rigor casi científico que expuse, de manera airada en tertulias trasnochadas, en contra de esas corrientes. Y eso mi orgullo no estaba dispuesto a permitirlo.

Llegué a la esquina en cuestión algún martes de luna nueva siendo las diez menos diez de la noche. Era otoño y estaba fresco como cualquier otra noche de abril. Nada fuera de lo común. En la calle había poca gente, cosa que favorecía a mi timidez. Me paré a la mitad de la cuadra que va hacia el cementerio, sobre Uriburu. Pasaron diez, quince y veinte minutos y estaba ahí parado con la misma impaciencia que tiene alguien que teme el plantón de una amante.

De repente comenzaron a levantarse las hojas caídas de los árboles en un pequeño remolino y el olor cambió.

- Debe ser éste el viento – pensé. Dudé.

- No pierdo nada. Como dijo el poeta, a lo mejor resulta bien – volví a pensar.

Dejé las manos en los bolsillos de la campera, cerré los ojos, respiré bien profundo y mis pulmones se llenaron de un perfume como de arándanos mientras mis pocos pelos se movieron al mismo compás del viento.

El viento pasó y tengo que confesar que me sentí más liviano. Pero no en sentido figurado, si no en sentido literal. Caminaba con más facilidad, como si hubiera bajado cinco kilos en un solo instante. Pero sólo eso. Se había hecho tarde. Me tomé el 60 y me fui a mi casa sin ningún otro cambio aparente.

Al otro día, sonó el despertador a las siete de la mañana. Prendí la radio y, al abrir la canilla para comenzar con mi afeitada habitual, descubrí que mi intranquilidad en efecto me había abandonado. Me sentía tan libre como cuando descubrí, al terminar el colegio secundario, que toda la vida me pertenecía y que los límites del mundo estaban tan lejos que iba a tardar la misma eternidad en descubrirlos. Había dado resultado…

Estaba limpio y estaba preparado para que me encuentre una nueva intranquilidad que me quitara el sueño para seguir, una vez más, con la maravillosa experiencia que resulta vivir.

DE BRUJAS E IGUANAS, MUY CERCA DEL MAR

Era la Semana Santa de un año cualquiera cuando decidimos, después de unos meses bastante duros, tomarnos unos días e ir a la costa. Valeria del Mar fue el lugar elegido. Playa tranquila, linda, acogedora y cerca de Pinamar, zona donde el ruido es muy fácil encontrarlo. No la quise describir como pintoresca porque para mí es una manera elegante de decir que un lugar es una verdadera mierda. Llovió todo el fin de semana, por supuesto. Pero eso no nos importaba porque estábamos tan hambrientos de despeje y/o escape, que cualquier excusa valía para lograr la risita fácil, tan necesaria a veces.

Decía que el jueves a la mañana temprano nos subimos arriba del “blanquito” y tomamos la Ruta 2 rumbo a la costa. Así era como llamábamos al Fiat Uno que más de una vez me dejó varado en el camino pero que lo recuerdo con mucho cariño porque fue mi primer auto. Ya esa misma mañana llovía a baldazos ininterrumpidos pero sobrellevamos muy bien el viaje gracias a que teníamos mate, una guitarra y muchos cassettes para poner en el equipo de música del auto.

Llegamos a destino y nos ubicamos muy fácil en un hotel de la zona. Hicimos alguna recorrida obligada, almorzamos en alguna fonda del lugar con empanaditas de vigilia de entrada y, luego de algunos paseos, volvimos al hotel a hacer una siesta vespertina y reparadora para poder afrontar la larga noche por venir.

Fuimos a cenar a un restaurant de pastas muy conocido. Esto no nos vino muy bien porque comimos como si fuera la ultima vez, lo que nos sacó toda la sangre de la cabeza para llevarla al estomago y así, de esta manera, éste podría hacer una digestión decente o, al menos, intentarlo. A la salida encontramos un bar en pleno centro que se llamaba “Brujas e Iguanas” y entramos para tomar un tecito bajativo.

A medida que iba avanzando la noche y las conversaciones se tornaban más y mas animadas, llegó una pareja para cantar en vivo y hacer una especie de canto-bar improvisado. Por supuesto que nuestra estrella de rock que se encontraba con nosotros no desaprovechó la oportunidad para demostrar sus “en-cantos”. Quiero decir, que casi le sacó el micrófono en forma literal a la cantante para apoderarse irremediablemente de la atención de los presentes por el espacio de dos o tres canciones enteras. Y sí, como tiene buena voz, logró algún que otro aplauso, pero tampoco fue para tanto, eh…

Como ya nos habíamos animado a pedir una jarra de clericot que estaba bien frío y con mucha fruta de la buena, la pareja cantora seguía con su espectáculo, el bar ya estaba lleno en sus mesas y las canciones que todos cantaban eran divertidas y muy conocidas, la cosa se estaba empezando a animar, lo que encontramos para nada desagradable.

Finalizado el show en vivo, los encargados del bar pusieron música del tipo “tachín-tachín”, o sea, para mover y entusiasmar a los clientes, se corrieron las mesas del lugar y… ¡a bailar se ha dicho! En ese momento nos dimos cuenta de que no pagamos un solo peso por lo que habíamos consumido. Pero no fue adrede, si no que las circunstancias nos ayudaron en este olvido. Pero, como nobleza obliga, hay que reconocer que tampoco insistimos mucho para saldar esta deuda.

Íbamos de acá para allá dentro del bar, pedíamos cervezas, tomábamos las manos de alguna compañera ocasional de baile sin dejar de hacerle una sonrisa cómplice como para caer simpático y hacíamos las estupideces acostumbradas para lograr la atención de las jóvenes, tanto en grupo como individualmente. Se ve que esto nos dio algún resultado positivo porque al ser sólo tres, nos vimos rodeados, encerrados, casi acorralados de seis (sí, ¡seis!) especímenes de hembra que era como si lucharan entre sí para ver quién se quedaba con la presa. O al menos eso fue los que nos quedó más cómodo imaginar para aumentar nuestro ego. Pero lo que si era una verdad irrefutable es que éramos tres contra seis. “¿Cómo resolvemos esto? ¡No se con quien quedarme!”, fueron sólo dos de los pensamientos que se nos vinieron a la cabeza o comentamos en secreto entre nosotros. “No sé, pero elegí a alguna antes de que se te vuele el avispero entero”, sentenció uno de mis camaradas. Luego de una leve reflexión llegue a la conclusión que tenía toda la razón existente sobre este mundo y sobre el otro también.

La cuestión es que me moví rápido y logré decidirme luego de hacer un cuadro comparativo de manera mental para asignarle un puntaje a cada cualidad (tales como cuerpo, cara, forma de moverse, simpatía, voz, comentarios, etc.) y poder así elegir de la manera lo más racional posible. Si, así lo hice, ¿y qué? Para poner en evidencia mi decisión aplique la famosa técnica del “manosero”. ¿Cuál es esta técnica? Bailar y tomar de las manos a la víctima, acercársele de manera excesiva pero no abusiva, pasarle la mano derecha por la cintura mientras que con la izquierda se toma la suya para bailar la poca lambada que la cintura del ejecutante permita y, por ultimo y como recurso extremo, cruzar el brazo por encima de los hombros. ¿Por qué digo esto acerca del cruce de la mano? Porque una vez un amigo me dijo que cuando hago eso, quiere decir que ya perdí cualquier medida o reparo y paso a hacer cualquier cosa sometiéndome a los mas vergonzosos rebajes con tal de lograr mi objetivo.

De manera similar mis compañeros tomaron sus decisiones. Fue muriendo la noche dejando su lugar a la mañana. Fue cuando nos pusimos de acuerdo los seis y fuimos a caminar por la playa para esperar el amanecer ya que quedaba a sólo unas cuadras del lugar. Cometario va, comentario viene y con una planificación tácita nos fuimos separando para quedar sólo en parejas. Yo me senté con mi compañera en un asiento de plaza que se encontraba frente al mar sin que nadie más se encontrara dentro de un círculo de 22,3 m de radio aproximadamente. Seguimos hablando y hablando desviando la conversación hacia los temas que manejaba o sabía llevar, no sólo para impresionar, si no para llegar lo más rápido posible al objetivo de la noche, sea cual fuere éste.

En ese momento vi una especie de sonrisa hipnotizada en ella, lo que me estimuló a seguir en el camino por el que estaba yendo. Aproveché la ocasión para dar el tiro de gracia como para definir la situación y me moví hacia uno de mis costados para que me resultara mas fácil levantar mi pierna derecha y apoyarla sobre el banco. ¡Error! ¡Grave error! Ese movimiento dejo escapar el más inesperado, inoportuno, improcedente, inconveniente, desubicado y perdido pedo de toda mi vida. No sé por qué vino. No sé por qué llego. Fue un instante en el que dudé y me dije: “¿Y ahora qué hago? Si yo lo escuché, vos que estás a sólo 10 cm de distancia también lo escuchaste. Vos no fuiste y no hay nadie alrededor. Entonces, ¿quién fue? ¿Y quién va a ser? ¡Fui yo! Y vos sabés que fui yo. Y yo sé que vos sabés que fui yo. ¿Qué hago?” Resolví por hacer como si no hubiera pasado nada, refugiándome en su duda de “me habrá parecido” y rezándole a todos los santos para que no aparezca un olor que confirme sus suposiciones. Por suerte nunca apareció. Pero lo escuchó. Porque al ratito, no más, se fue su sonrisa de hipnotizada y nos encontramos con las otras dos parejas para dejarlas a todas ellas en los hoteles en los que estaban parando. Una vez más me fui a dormir derrotado. Y esta vez, sólo por un pedo.

FALTA ENVIDO

Íbamos 12 buenas a 14 malas. Por supuesto que éramos nosotros los que estábamos perdiendo. La digestión del asado con vino tinto ya había terminado. Esa fue la razón, el asado y el vino, que más fácil encontramos para justificar que a esta altura de la partida estemos perdiendo por tanta diferencia. La brisa de las cuatro y media de la tarde de ese día de verano había empezado y las mujeres estaban volviendo al quincho justo a tiempo para ver el desenlace del enfrentamiento de naipes.

El Truco. Sí que es un juego de cartas argentino. No sé si porque nosotros fuimos los inventores (no quiero permanecer ajeno a mi origen en este caso), pero sí por el tipo de juego que es y cómo se juega. Las cartas tienen otro valor que el indicado por sus números. Ese valor es totalmente arbitrario y no sigue ningún tipo de lógica. Hay que jugar hablando mucho, diciendo nada y todo en doble sentido. Se miente permanentemente y se le ponen trampas al adversario para crea lo que no es. Las señas que definen las cartas son todas referidas a la seducción machista.

Me tocaba a mí ser pie y ya no teníamos margen para el error. Aparentemente, el partido se nos estaba yendo de las manos, mi compañero estaba bloqueado y los contrincantes ya estaban regocijándose por adelantado de la victoria por llegar, haciéndonos una descripción muy precisa de lo que querían comer en el asado del fin de semana siguiente. Justamente porque esa era la apuesta y porque de eso se trata el juego. La pareja que perdía debía pagar el asado de su propio bolsillo para todos los presentes, incluyendo el vino, las gaseosas, las ensaladas y la picada previa. Era una suma para no despreciar.

Mezclé el mazo, le pedí al que estaba sentado a mi izquierda (persona a la que llamaremos Sr. X para identificarlo posteriormente) que haga el corte reglamentario y empecé a repartir las cartas en contra las agujas del reloj sin dirigirle la mirada a mi pareja pero tampoco sin sacarle la vista a ninguno de mis dos contrincantes, con una mirada fría y muda, como para poder robar alguna seña, si es que hacían alguna. No, no hicieron ninguna. Todos levantaron sus cartas de la mesa para empezar a jugar menos yo. La mano depositó un caballo sin decir nada. Mi compañero me miraba desesperado al no tener ninguna carta de valor esperando recibir alguna orden de mi parte. No lo miré ni le dije nada. Yo tenía mis ojos clavados en el Sr. X porque él era pie, al igual que yo. Mi compañero puso incrédulo y temeroso un tímido rey para matar al caballo y llevar el problema hacia más adelante. El Sr. X puso en silencio un desafiante ancho falso, que era suficiente para matar al rey, sin quitarme los ojos de encima y, ahora sí, desdibujando una sonrisa casi imperceptible a sabiendas que eso pondría más presión aún sobre mis hombros.

Mi compañero me habló. No sé lo que me dijo. Yo estaba tan inmerso en mis propios análisis que no lo escuché. En realidad no sólo era él al que no escuchaba. Fue como si me hubiera vuelto sordo hacia el exterior y que sólo oyera mi corazón, que cada vez latía más rápido y con más fuerza aumentando tanto el ritmo como la presión cardíacos. Como mi cuerpo no es ajeno a las leyes de la hidrodinámica, mis venas se hincharon. Esto todos lo pudieron verificar al ver que el diámetro de una de ellas de mi frente aumentó casi de manera instantánea y considerable.

Mis ojos se cerraban y se volvían a abrir como buscando una explicación pero sin mostrar mi pánico en toda su expresión. Justo en ese momento crucial del partido en que necesitábamos cartas de valor como para poder sumar puntos y evitar la catástrofe ya casi inevitable, la diosa Fortuna nos había abandonado y castigado con esas miserias. Justo en ese momento la balanza caprichosa del azar se inclinaba hacia el lado equivocado, el otro. Justo en ese momento en que todas las mujeres serían testigos perfectos y de cuerpo presente de la vergüenza insalvable, la impertinencia del mazo se hizo presente por enésima vez. Bueno, en general todo eso pasa tanto en el truco como en la vida misma.

Fue una eternidad que duró sólo unos 15 segundos cuando dije, mirando con respeto pero con valor al Sr. X, sin preámbulos y con una decisión sin bordes, "¡falta envido!" Mi compañero posó las cartas sobre la mesa y movía la cabeza en forma desaprobatoria. Un suspiro taladrante se escuchó del lado de las mujeres. El Sr. X sonreía buscando algún indicio, alguna mueca, alguna señal para poder adivinar si mentía o, aunque sea por una puta vez en todo el partido, decía la verdad. Y yo, yo bajé mis cartas y las apoyé sobre la mesa sin sacarlas de mis manos que, por cierto, estaban sudadas. Una gota de transpiración cayó de mi sien derecha. No sé si por los nervios o por el calor del verano. Tampoco era importante el motivo. Fue suficiente para que el Sr. X haya dicho “quiero”.

Los 23 puntos que sumaban mis cartas no alcanzaron para evitar el naufragio, el derrumbe. También fueron los tantos más caros de mi vida. No sólo porque gracias a ellos tuve que pagar la mitad del asado siguiente, si no porque además gané los reproches interminables e irreproducibles de mi compañero, perdí el respeto de las mujeres presentes y es el día de hoy que mis contrincantes me hacen sentir el ser más miserable de la tierra con sus bromas. Bueno, en general todo eso pasa tanto en el truco como en la vida misma.

AL FINAL NO APAGASTE EL DESPERTADOR

¿Cuántas veces te lo dije? ¿Cuántas veces te lo pedí? Y me dijiste que sí como aprobando mi pedido y diciendo tácitamente que vos querías lo mismo. Que vos tampoco querías que suene el despertador.

¡Qué maravilloso fue sentir tu cuerpo desnudo junto al mío! ¡Qué alucinante fue robarte la respiración mientras me mirabas, ¿tímidamente?, con “esa cara”! ¡Qué inolvidable fue verte dormir tan cómoda que ni me atreví a quitarte parte de la almohada! ¡Qué sorpresa impensable fue despertarme y darme cuenta que tu cabeza estaba apoyada en mi pecho y que mi brazo te aferraba como no dejándote escapar! Aunque no parecía que quisieras hacerlo.

Qué no daría ahora para tomar un mate, sólo uno, a tu lado, en silencio y hablando a través de los ojos. Qué no daría ahora para que una vez más te quedes dormida a mi lado. Qué no daría ahora por respirar tu olor y que se impregne en mi ropa de tanto abrazarte robándome así un regalo tuyo sin quererlo. Qué no daría ahora…

Y no apagaste el despertador. Y el despertador sonó y acá estoy yo y ahí estás vos. Ansioso espero poder dormir para volver a vivir todo y comenzar así este, por el momento, perpetuo ciclo de sueño y vigilia hasta que llegue esa vez en que suene el despertador, me despierte y me sorprenda al verte durmiendo cómoda y apoyada en mi hombro mientras mi brazo te aferra como no dejándote escapar. Aunque tampoco parece que quieras hacerlo…