lunes, 14 de marzo de 2016

Sin Protección Emocional (los héroes que han partido)


Estimado Mario.

Te escribo para contarte que el día de ayer a la noche recién caí en la cuenta de la terrible realidad en la que estamos inmersos. ¿Viste que muchas veces uno piensa que está yendo por el mundo con paso seguro pero resulta que un simple hecho, una escueta mirada o un banal estornudo ocasiona que nos demos cuenta que lo está sucediendo es todo lo contrario? Pensamos que vamos en dirección NNE sin saber que nuestra brújula indica SSO, según la convención de la Rosa de los Vientos. Paso a la narración.

Estaba volviendo del trabajo y, escuchando la radio, pasaron un tema del Flaco Spinetta. Barro Tal Vez. Impresionante, por supuesto, no hace falta aclararlo. Luego de haber cenado y acostado a los chicos, mágicamente encontré una ventana de tiempo disponible sólo para mí. Fue entonces cuando decidí aprovecharla escuchando unas viejas canciones con estos nuevos programas que permiten tener toda la discografía de todos los artistas posibles a un simple apretar en la pantalla con un dedo. Me resulta demasiado incompresible ese tema, pero no por eso dejo de aprovecharlo. Estuve recorriendo algunas canciones cuando me acordé la que escuché en la radio de Spinetta. La busqué y la disfruté con auriculares a volumen fuerte, acostado en la cama y con la luz apagada. Ese es uno de los momentos en que se pueden describir como sublimes. No recuerdo desde hace cuánto tiempo no puedo tomarme una media hora de esa manera. La razón que primero se ocurre son los hijos. Te sacan esas cosas, pero te dan tantas otras que la balanza queda inclinada en exceso del lado de ellos.

Pasada la media hora que acabo de describir y ya rozando medianoche, apago todo y me inclino hacia mi hombro derecho para comenzar a dormir. Fue cuando me vino a la mente como una flecha de ballesta que atraviesa hasta las mas pesadas armaduras este horrible pensamiento-realidad. ¿Por qué te lo describo como una palabra compuesta? Porque si bien es un pensamiento, no deja de ser una abstracción de la más absoluta verdad. No es un juicio de valor, es un análisis frío de una situación concreta. Nos estamos quedando sin protección emocional. Spinetta, Ceratti y Pappo han partido. BB King, Santiago Feliú y, recientemente, George Martin, el productor de los Beatles y muchas veces considerado su quinto integrante. Eso por nombrar algunos de los músicos que  nos han dejado en los últimos tiempos. Esas canciones que usamos como escudo protector o argumento seductor o simple pasatiempo nos quedan sólo como estela de su paso por este valle. Algunos de nuestros héroes ya han partido, abandonándonos a nuestra propio destino. Pensalo de esta manera, la diosa Fortuna ahora tiene el poder de hacer con nosotros todo lo que le venga en gana sin que podamos oponer ni la más mínima resistencia. Esto es debido a la falta de estos escudos emocionales que te he descripto y que nos regalaban nuestros titanes que han partido. ¿Y ahora qué hacemos?

Mario, espero no haberte no arruinado el día y si se te ocurre alguna idea, no dejes de compartirla.

miércoles, 3 de abril de 2013

ME ESFORCE MUCHO


Me esforcé, me esforcé mucho. Hace años que vengo entrenando como un perro. Se ve que ni mi altura ni mi contextura física sirvieron de mucho. Al final ese dicho, del que tanto me jacté que defendían los débiles, tenía razón. “Más vale maña que fuerza”. ¡Déjense de joder! Si bien nos diferenciamos del resto de los animales por nuestra inteligencia, muchas veces la fuerza ayuda. Me acuerdo muy bien de esa vez que estaba en un bar repleto de gente y, gracias a mi tamaño y a fuerza de codazos, pude pedir la cerveza que mi festejada del momento tanto quería en esa noche de calor. Sí, lo recuerdo. ¿Y ahí la maña de qué hubiera servido, eh?

Pero bueno, me esforcé mucho, decía. Y de repente me encuentro ahora en el piso, con los rayos sol clavándose como agujas en mis ojos, lleno de polvo y de golpes, con la punta de la espada de este petiso de mierda, que pensé que me lo comía crudo más rápido que una rana cazara una mosca, clavada en mi garganta y aguantando como 42.000 personas me dejen sordo de tanto grito. Le gritan al emperador, que es más petiso que mi contrincante y más maricón que travestido de los carnavales, baje el pulgar para que me sentencie a muerte. ¡Cuántas veces lo he hecho orgulloso! Siempre pensé que eran las reglas naturales del universo: “el más fuerte vence al más débil”. ¡Y está bien que así sea! Es algo así como selección natural. El pez grande se come al chico.

Pero ahora soy yo el que está en esta situación. Pero, ¿por qué me encuentro en este escenario? Pensemos por un momento. Soy el gladiador más famoso, más victorioso, el que rompió todos los records de permanencia en la arena. Hace más de veinte años que vengo haciendo esto y sé cómo hacerlo. No quiero pecar de soberbio pero soy muy bueno en lo que hago. Este puto de mierda, perdón, sepan entender que soy un gladiador y no nos reconocen mucho por nuestra tolerancia. El emperador no va a perder a su mejor atracción. Este ignorante que ahora está en el suelo bien que mantiene ocupada a esta manga de boludos mediocres, que viene a ser definida como pueblo, con sus espadas, palos, masas con púas y demás invenciones de lo más horrorosas. Y todo para que al señor no lo molesten con nimiedades tales como justicia, libertad, educación, higiene y, lo peor de todo, hambre.

Si no estoy yo, ¿quién va a hacer este trabajo que por sucio no deja de ser tan digno como cualquier otro? Seguro que va a recordar aquella vez en que luché yo sólo contra tres que compraron especialmente en Alejandría. ¡Ja! Al primero le corté la cabeza ni bien se me paró a distancia de sable. Al segundo lo dejé desangrarse solo después de que lo piqué en la femoral. Sufrió un poco el pobre porque lo primero que se pierde en esos casos son las fuerzas y lo último es la conciencia. Cipriano, un colega al que apreciaba mucho y lo tuve que clavar ahí en nuestra lucha, me lo fue describiendo en su oportunidad. Y con el tercero confieso que me divertí un poco. Como en seguida me di cuenta de que era el más débil, lo dejé para el final, para que viera lo que le hacía a sus compañeros y se imaginara lo que le esperaba. Ese es un truco psicológico que me enseñó don Marco, mi gran maestro. No estuve bien, lo reconozco, pero no me arrepiento.

O tal vez se acuerde de los 237 cristianos que pasaron por mi espada en una sola sesión y casi sin desafilarla. Los cristianos son una rara secta nueva que sigue a un fulano llamado Jesús que dijo ser hijo de un dios único y verdadero. ¡Qué idiotas! ¿Cómo va haber un solo dios? Escuhame un poco, nosotros que somos los dueños del mundo tenemos no sé cuántos Dioses y estos muertos de hambre nos quieren convencer que tenemos que renunciar a todos ellos y comenzar a creer en uno solo. ¡Por favor! Tan mal no nos va. Si renunciamos a todos, ¿quién se va a ocupar de la guerra, del fuego, del mar, de las cosechas? Y lo más importante, ¿quién se va a ocupar del vino? Cómo jode la gente con estas ideas nuevas. Antes no era así la cosa.

O tal vez el emperador se acuerde cuando tuve que lidiar con un león. Ahí sí que me asusté. Pensé que no salía vivo de esa. Pero bueno, viejo, era un león. Hubiera sido una muerte dolorosa pero digna. Si bien el muy turro me rasguñó un poco, bastante, le pude hundir el puñal en la yugular. ¡Cómo gritaba la gente! ¡Saulo, Saulo, Saulo! Que 40.000 personas coreen tu nombre a la vez es la más maravillosa de las armonías. Es adictivo, mucho más que el grito de dolor de una víctima o el gemido de placer de una mujer. Matar lo puede hacer cualquier y hacer gozar a una mujer,  más o menos también. Pero lograr que la gente grite tu nombre en el Gran Coliseo, donde hasta los más valientes se cagaron encima, es un plato que sólo los afortunados, los elegidos podemos comer. Y justamente eso es lo que nos hace diferentes a los gladiadores del resto de los mortales. Y mucho más, a los buenos gladiadores de los corrientes. Seguramente más de uno de los que están en las tribunas quisieran estar en la arena y vivir la vida peligrosa que vivimos. Dejar ser espectador para pasar a ser protagonista. Pero bueno, no todos llegan. No te das una idea los cántaros de sangre que vi correr en esta arena. Muchos que llegaron pensando que se llevaban el mundo por delante, lo único que se llevaron por delante fue una espada clavada en el abdomen en la contienda primera. Esto no es para todo el mundo, querido.

Espero que el señor tenga en cuenta todos estos años de lealtad y servicio. Más de una vez me ofrecieron libertad las señoras de la alta sociedad a cambio de una o más noches de servicios. O cuántos sultanes, reyes y demás individuos con los más variados pergaminos quisieron llevarme a sus tierras lejanas para armar este circo que tan bien los romanos sabemos disfrutar a cambio de fortunas incalculables. Pero siempre me negué por el único motivo de servir a nuestra madre Roma aunque más no sea desde el Gran Coliseo.

Y estos ingratos vulgares, que rápido se olvidan del tiempo que pasaron gracias a mis proezas de casi héroe. Vienen acá para olvidarse de sus miserias, para no tener que enfrentarse a su turbia realidad y ahora piden mi sacrifico. Seguro que el soberano va a tener todo esto en cuenta y el pulgar va a apuntar hacia arriba.

 ¡No! ¡Maldito! ¡Malditos! “El Gran Saulo ha sido muerto bajo la empuñadura de un petiso pedorro que le llegaba al hombro”, se dirá en las calles mañana. ¡Qué vergüenza! ¡Qué deshonra! No es una muerte que esté a mi altura. No es lo que merezco, no es lo que soñé.

Finalmente siento como el frío del metal se me clava en la garganta y me cierra la respiración. Un hilo rojo y caliente circula por mi cuello y el sol siempre encegueciéndome. Invariablemente hay alguien que en definitiva nos supera y por más que soñemos e imaginemos el mejor de los finales, a veces el destino logra imponer sus caprichos. Y yo que nunca creí en el destino. Pero en estos últimos segundos de vida que me quedan me doy cuenta que lo verdaderamente importante no es el final, como tan firmemente pensaba. Lo que importa es el durante. El final es un accesorio antojadizo. Y ahora es a mí al que lo primero que lo abandona son las fuerzas y lo último es la conciencia.

martes, 27 de abril de 2010

LUCAS, SUS PUDORES (de Julio Cortázar)

Otro cuento descriptivo genial...

En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde. Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha. Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso. Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia. Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.

FLIPPER (De Umberto Eco)

Cuento del PENDULO DE FOUCAULT, digno de compartir. Excelente descripción de una situación como sólo un maestro puede hacerlo. No en vano es quién es...



Al flipper no se juega sólo con las manos, sino también con el pubis. En el flipper el problema no consiste en detener la bola antes de que sea engullida por el agujero, ni en volver a lanzarla hacia el centro del campo con la furia de un defensa, sino en obligarla a entretenerse arriba, donde las metas luminosas son más abundantes, rebotando de unas a otras, vagando desconcertada y demente, pero por propia voluntad. Y eso se obtiene, no imponiendo golpes a la bola, sino transmitiendo vibraciones a la caja, y dulcemente, que el flipper no se dé cuenta y no se quede entilt. Se puede hacer sólo con el pubis, o más bien, con un movimiento de caderas, de modo que el pubis, más que golpear, frote, manteniéndose siempre más acá del orgasmo Y si las caderas se mueven como Dios manda, más que el pubis son los glúteos los que dan el golpe hacia adelante pero con gracia, de manera que cuando el impulso llega al pubis ya está amortiguado, como en la homeopatía, donde cuanto mas se diluye la solución, y ya la sustancia casi se ha disuelto en el agua que se ha ido añadiendo poco a poco, hasta desaparecer casi por completo, más potente es el efecto terapéutico. Así es como una corriente infinitesimal pasa del pubis a la caja, y el flipper obedece sin neurosis, la bola corre contra natura, contra la inercia, contra la gravedad, contra las leyes de la dinámica, contra la astucia del constructor que la pensó fugaz, y se embriaga de vis movendi, permanece en el juego por tiempos memorables e inmemoriales. Pero es necesario que sea un pubis femenino, que no interponga cuerpos cavernosos entre el ilio y la máquina, y que en medio no haya materia eréctil sino sólo piel, nervios, huesos, enfundados en un par de vaqueros, y un furor erótico sublimado, una frigidez maliciosa, una desinteresada capacidad de adaptación a la sensibilidad de la pareja, un gusto por encender su deseo sin padecer el exceso del propio: la amazona debe enloquecer al flipper y gozar de antemano de que después lo abandonará.

lunes, 13 de abril de 2009

LA CARTA

Como todos los días hábiles de la semana llegué de trabajar y estacioné el auto en frente al edificio. Esa tarde tuve suerte porque encontré un lugar cerca y en poco tiempo. Marqué el código 4291B de la puerta de entrada, ésta se abrió por obra y gracia de la tecnología y, como siempre, me fijé si había alguna carta en el buzón. No terminaba de acostumbrarme a ver mi apellido de origen italiano, como más del cincuenta por ciento de los argentinos, entre tantos buenos apellidos franceses de la muy católica sociedad versallesca.

Decía que abrí el buzón y encontré las típicas publicidades con las ofertas de las grandes cadenas de supermercados, que las más importantes, creo, son de origen francés, y las eternas cuentas a pagar. En todas partes del mundo tienen esas rutinaria frialdad y odiosa información del tipo “estamos para servirle a usted, nuestro estimado cliente”, cuando tanto las empresas como los usuarios (pero nunca clientes) saben perfectamente que si uno quiere vivir más o menos en forma decente tiene que morir irremediablemente entre sus garras y aceptar todo lo que se les antoje. Tomé el paquete entero de cartas y sin mirar mucho, subí los tres pisos por la escalera que olía a madera bien encerada para llegar a la puerta número doce, que era donde estaba mi departamento. Dejé el paquete sobre la mesa siempre desordenada del comedor, me saqué los zapatos y el pantalón, me puse las zapatillas y esa bermuda azul de algodón grueso que era tan cómoda. Prendí la radio para tratar de adivinar las últimas noticias sobre esa absurda guerra entre Estados Unidos y alguien más y me serví un whisky con dos hielitos. Debo reconocer que el vaso no era el apropiado, pero sí era de vidrio y con eso para mí bastaba en aquel momento.

Volví a tomar el paquete de cartas dejado sobre la mesa para decidir cuál sería la bolsa de residuos que iba a necesitar para deshacerme de tanta publicidad. Ordené las cuentas que también vinieron y ahí reconocí tu letra manuscrita. No había reparado la presencia de esa carta frente a mi buzón en la planta baja. Había visto el sobre de perfil entre los folletos, pero pensé que era la cuenta del teléfono que tenía que estar por llegar en esos días.

Por supuesto que ese sobre lo dejé para el final, una vez que hubiera terminado con la rutina del orden de los hogares que tanto detesto pero que debía, de vez en cuando, seguir para no terminar inmerso entre papeles inútiles y platos a lavar. Me senté en el sofá que se hacía cama de dos plazas con funda azul que había comprado para recibir a las visitas que nunca fueron, tomé un sorbo del whisky que en esos momentos estaba a la temperatura justa porque los hielos se habían derretido sólo en una doceava parte, puse los pies sobre la mesa ratona, abrí el sobre y comencé a leer las tres carillas que habías enviado, empezando por donde todos los mortales lo hacen habitualmente, por la primera.

Terminé la carta y en ese momento fue cuando me di cuenta que ya había terminado el informativo de la radio y que habían empezado a pasar música y, no sé si gracias a la divina providencia o al señor programador de la radio, era buena y lo suficientemente suave para reflexionar sobre lo que acababa de leer.

Sabía muy bien que uno de tus juegos preferidos era estimular mis fantasías. Siempre lo hiciste, desde que nos conocimos hacía algunos años (no es importante cuántos). Y en ese tiempo, con un mar de distancia literalmente hablando, lo seguías haciendo. ¡Y bien que lo hacías! Era increíble cómo sabías qué decirme y cómo sabías qué no decirme dejando que mi cabeza completara los espacios en blanco. Creo que esa distancia era la que te daba más libertad para torturarme, mortificarme, desvelarme y darme latigazos de erotismo en mis noches de soledad. Porque perfectamente sabías que después de leer esa carta, inevitablemente esa noche iba a ser una más de las tantas de desvelo. Pero esa vez, por tu culpa.

Y cómo podía verte en una pantalla imaginaria de cincuenta y siete pulgadas frente al sofá-cama de funda azul, como si estuviera en un cine de hogar con sonido digital y envolvente y como, a causa de la carta, se te dibujaba una sonrisa de victoria en tu rostro. Y, así como así, me mandabas un beso mojando la punta de tus dedos índice y mayor de tu mano derecha porque con la izquierda sostenías el teléfono, mientras hacías giros cortos en sentidos antihorario y horario alternadamente en la silla giratoria de tu escritorio. Sin olvidar que mientras desaparecía esa pantalla imaginaria sostenías esa sonrisa perversa y lascivamente inocente que tanto me gustaba. Y a partir de ese preciso momento iba a ser imposible poder conciliar el sueño. ¡Maldita suerte! ¡Qué juego tan malicioso! Pero me gustaba. ¡Cómo me gustaba!

Porque también sabías y recordabas que yo también conocía tus debilidades y, algunas raras ocasiones, lograba llevarte y elevarte según mi antojo. Llevarte a ese lugar donde nuestras fantasías, las tuyas y las mías, se encontraban y hacían lo que nos vedábamos (o mejor dicho, nos vedabas) hacer en la realidad. Yo también sabía cómo hacer para que me miraras con “tu mirada” que ambos conocíamos. Y también disfrutaba del poder de ese juego. Que en definitiva de eso se trataba todo. De poder. Tuyo y mío.

Pero debo confesar que lamentablemente, o no, eras vos la que manejaba los tiempos. ¿Y cómo no ha de ser así si eras mujer? ¿Y cómo no ha de ser así si eras inteligente? ¿Y cómo no ha de ser así si tu belleza y sensualidad rebalsaban de tu cuerpo porque era demasiado pequeño para contenerlos? ¿Y cómo no ha de ser así si también me gustaba que así fuera? Siempre lograbas atraerme hasta ese punto en que el paso siguiente era morir en la cama de un hotel realizando las más libidinosas acrobacias amatorias pero, en vez de eso, me sumergías hasta el cuello en una pileta de hielo seco en la que clavabas tu bandera de “otra vez te gané, bombón”. Y luego desaparecías por más o menos un mes para después asomar y volver a empezar todo otra vez. Y siempre entraba en tu juego con la esperanza de que esa vez sí se cumplieran nuestros más oscuros deseos y siempre me llevaba una nueva desilusión. Una más que sumaba. Y otra y otra y otra… Era mi castigo, mi destino. Era mi purgatorio anticipado en la tierra.

- “¡Dormiste!”, se burlaban mis amigos cuando les contaba el suplicio. Pero no, no dormía. Nunca dormía. Justamente ese era el problema. Que después no podía dormir. Simplemente dejaba que sucediera y ahí estaba mi error.

Pero por fin tomé el coraje y esa misma noche del día que recibí tu carta me prometí que nunca más iba a volver a suceder. Era hora de que me tomaras en serio y de que me respetaras. Debía realizar una acción drástica. Más de una vez te había pedido y hasta suplicado terminar con el juego porque te estabas robando tanto mis energías como mi humor. Y más de una vez volviste a jugar y hacer conmigo lo que tu arbitrariedad te dictara en el momento. Y más de una vez yo mismo entraba e incitaba al juego. ¿Qué podía hacer? Es la naturaleza humana. ¿Qué podía hacer? En ocasiones sé muy bien lo que me hace mal, pero me gusta e inconscientemente lo busco y hasta lo provoco.

Y no. Esa noche por supuesto que casi no dormí por todas las imágenes que habías disparado como dardos que precisamente no eran tranquilizantes desde todas y cada una de las tres carillas manuscritas de tu carta, y elucubrando la solución a ese, mi gran problema. Y creo que eran las cuatro y veinticinco de la mañana cuando encontré la solución. Sí, sí… por fin la había encontrado. Ya no te burlarías más de mi debilidad hacia vos. Era la única manera de lograrlo. Y ese mar de distancia que mencioné antes sería mi perfecta coartada. ¿Quién pensaría y/o probaría que un argentino perdido en la ciudad de Versalles sin ninguna otra relación que una antigua amistad era el responsable del asesinato? Era fácil. Era muy fácil. Sólo tuve que hacer algunas llamadas a algún viejo conocido no muy santo, hacer una transferencia bancaria a un amigo del cuñado del primo del vecino de un conocido del autor y listo. Todo solucionado. Por fin encontraría la paz. ¡Por fin!

Y así sucedió. Sin más. No me enteré ni cómo ni cuándo porque había pedido que así fuera. Para mí ya estaba realizado en el instante en que había tomado la decisión y desde ese mismo momento me sentí liberado de mi martirio.

Pero lo que no había previsto era que por más que la policía argentina no tenía los recursos que toda policía debiera tener, poseía la creatividad que nos caracteriza como pueblo y que tanto nos valoran a los que tuvimos que emigrar. Tenía la inventiva e intuición que a veces pueden reemplazar a los recursos. No sé cómo, seguramente a través del banco (¡otra vez esos desgraciados!), pero llegaron a mi persona. La justicia argentina pidió mi extradición, cosa que los jueces locales no dudaron en hacer efectiva en muy corto tiempo porque es bien sabido que a los franceses no les gusta hospedar a asesinos en sus tierras. Y menos aún, a la muy católica sociedad versallesca.

Fui a juicio. Fui encontrado culpable y condenado a veinticinco años de prisión. No hice apelación alguna porque yo era el culpable. Y si bien me había convertido en un asesino, todavía tengo ese dejo de responsabilidad de hombre de bien que asume los actos que realiza y sus consecuencias.

Y ahora, con todos los años que pasaron desde ese día en que recibí tu carta, me doy cuenta que todo fue inútil, que todo fue en vano. Estoy peor que antes. Ahora tengo en mi conciencia la viudez de tu marido y que tus hijos son huérfanos de madre en el momento en que más te necesitan. Tengo una condena de veinticinco años de cárcel como autor intelectual de un asesinato. Y no sólo eso, si no que también te me aparecés casi todas las noches en mis sueños burlándote como siempre de mi debilidad hacia vos y jugando a ese mismo juego que tanto nos gusta jugar. Pero ahora ni siquiera tengo el consuelo que antes me daba la esperanza de poder satisfacer nuestras fantasías porque sos un fantasma, el más hermoso de los fantasmas.

lunes, 30 de marzo de 2009

EL VIENTO DE URIBURU

Cuento ganador del concurso literario organizado por el Museo del Viento en el año 2007

Cansado de esta agobiante intranquilidad que me persigue con total éxito desde hace algunos meses, decidí ponerle fin de una vez y para siempre. Seguramente que con el tiempo vendrán otras intranquilidades, pero no será ésta la que me moleste. El hecho de que las intranquilidades vayan mutando es una demostración de que estoy vivo, de que me estoy moviendo. Es por eso que quiero deshacerme de esta.

Cansado ya, decía, me dirigí ese jueves al bar de la esquina de las calles Las Heras y Uriburu. Al abrir la puerta, su decoración con firuletes, que me recordaban la camaradería y la bonanza de otras décadas, me dieron esa bienvenida incondicional que necesitaba. Me senté en una de las mesas que estaba próximas a las ventanas y le pedí al mozo que por favor me trajera una ginebra.

- Ya nadie pide eso – me dijo. – Pero no te preocupes porque tengo un par de botellas cerradas por ahí. Te pido que me tengas paciencia por unos minutos.

- No llego tarde a ningún lado – le contesté.

Por primera vez desde hacía algunos años me sentía sin apuro alguno. “No llego tarde a ningún lado”. Hacía tiempo que las coordenadas espacio-tiempo no se conjugaban de la manera favorable. Estaba en el lugar que quería y en el momento que deseaba para cumplir un solo propósito, no lo olvidemos: ponerle fin a esta intranquilidad.

Fue después del tercer vaso de ginebra cuando me di cuenta de que mi intranquilidad no me dejaba en paz. Yo creía que ese aletargamiento que produce el alcohol me iba a salvar. La anestesia y el sueño no sólo que no vinieron a mi rescate si no que transformaron a la ginebra en un simple placebo.

- Siempre pasa eso, pibe – me dijo una persona de barba canosa que estaba sentada a dos mesas de distancia. – Si querés quitarte las penas con el alcohol, lo único que vas a lograr es que tu tristeza sea aún más profunda – decía mientras goteaba la condensación de su vaso de cerveza.

- ¿Y a usted que le importa? – contesté descortés.

- No, a mí no me importa. Es tu vida. Pero si no fueras tan arrogante, te contaría una leyenda del barrio que quita las intranquilidades.

Intranquilidades dijo.

- Disculpe, señor. Dispare sin más su relato que lo escucho con mucho interés.

Y empezó a relatar.

Cuentan que hay una ráfaga de viento que viene del oeste. Dicen que baja por la calle Uriburu y que pasa por la altura de la Av. Las Heras hasta desaparecer en los paredones del cementerio. Eso pasa en general durante la semana y por la noche. Su duración es de unos quince o veinte minutos, no más. Y aseguran que si el que esté pasando por el lugar es atravesado por la ráfaga, ya sea por casualidad o por un efecto buscado por el atravesado, queda limpio de las angustias que atormentan su alma y/o perturban su sueño. Pero no queda inmune de ellas hasta el fin de sus días. Es como saldar una cuenta a cero y volver a endeudarse. Es algo así como la confesión para los católicos. Van al cura, le cuentan todas sus miserias y quedan inmaculados y dispuestos para volver a cometer los mismos pecados de siempre. En el barrio la llaman “el Viento de Uriburu”.

¡Pero cuidado! No hay que abusar de este efecto salvador. Además hay algunas condiciones que se deben cumplir. La angustia debe ser verdaderamente profunda y fuera de lo común. Señalan también que quedan descartadas las aflicciones causadas por algún desamor, las penurias futbolísticas y la melancolía que llora la muerte de algún ser querido.

Moví mi cabeza con desaprobación y por supuesto que mi cara no disimuló mi incredulidad.

- Vos no lo creas y seguí sufriendo, entonces – sentenció el de barba canosa antes de mojarse los labios con ese vaso de tentadora cerveza fría.

Tomé una ginebra más (y fueron cuatro) y pagué la cuenta. Aunque no era mucho, dejé algo de propina y abandoné bar sin deshacerme de mi recelo.

Pasaron algunos días y al descubrir que mi condición de intranquilo no cambiaba en absoluto, decidí darme una vuelta por la esquina de Las Heras y Uriburu algún día de la semana y por la noche. Desde ya que lo hice en la más cuidadosa de las reservas. ¿Qué opinarían mis más íntimos amigos al enterarse que yo, el más acérrimo enemigo de todos los horóscopos, medicinas alternativas, curanderos, brujas y, en especial, de la astrología, me dirigía hacia el efecto mágico, no racional, fuera de lógica y supuestamente sanador de una ráfaga de viento? Seguramente sentenciarían y darían como refutadas por mi propia acción a todos los razonamientos de rigor casi científico que expuse, de manera airada en tertulias trasnochadas, en contra de esas corrientes. Y eso mi orgullo no estaba dispuesto a permitirlo.

Llegué a la esquina en cuestión algún martes de luna nueva siendo las diez menos diez de la noche. Era otoño y estaba fresco como cualquier otra noche de abril. Nada fuera de lo común. En la calle había poca gente, cosa que favorecía a mi timidez. Me paré a la mitad de la cuadra que va hacia el cementerio, sobre Uriburu. Pasaron diez, quince y veinte minutos y estaba ahí parado con la misma impaciencia que tiene alguien que teme el plantón de una amante.

De repente comenzaron a levantarse las hojas caídas de los árboles en un pequeño remolino y el olor cambió.

- Debe ser éste el viento – pensé. Dudé.

- No pierdo nada. Como dijo el poeta, a lo mejor resulta bien – volví a pensar.

Dejé las manos en los bolsillos de la campera, cerré los ojos, respiré bien profundo y mis pulmones se llenaron de un perfume como de arándanos mientras mis pocos pelos se movieron al mismo compás del viento.

El viento pasó y tengo que confesar que me sentí más liviano. Pero no en sentido figurado, si no en sentido literal. Caminaba con más facilidad, como si hubiera bajado cinco kilos en un solo instante. Pero sólo eso. Se había hecho tarde. Me tomé el 60 y me fui a mi casa sin ningún otro cambio aparente.

Al otro día, sonó el despertador a las siete de la mañana. Prendí la radio y, al abrir la canilla para comenzar con mi afeitada habitual, descubrí que mi intranquilidad en efecto me había abandonado. Me sentía tan libre como cuando descubrí, al terminar el colegio secundario, que toda la vida me pertenecía y que los límites del mundo estaban tan lejos que iba a tardar la misma eternidad en descubrirlos. Había dado resultado…

Estaba limpio y estaba preparado para que me encuentre una nueva intranquilidad que me quitara el sueño para seguir, una vez más, con la maravillosa experiencia que resulta vivir.

DE BRUJAS E IGUANAS, MUY CERCA DEL MAR

Era la Semana Santa de un año cualquiera cuando decidimos, después de unos meses bastante duros, tomarnos unos días e ir a la costa. Valeria del Mar fue el lugar elegido. Playa tranquila, linda, acogedora y cerca de Pinamar, zona donde el ruido es muy fácil encontrarlo. No la quise describir como pintoresca porque para mí es una manera elegante de decir que un lugar es una verdadera mierda. Llovió todo el fin de semana, por supuesto. Pero eso no nos importaba porque estábamos tan hambrientos de despeje y/o escape, que cualquier excusa valía para lograr la risita fácil, tan necesaria a veces.

Decía que el jueves a la mañana temprano nos subimos arriba del “blanquito” y tomamos la Ruta 2 rumbo a la costa. Así era como llamábamos al Fiat Uno que más de una vez me dejó varado en el camino pero que lo recuerdo con mucho cariño porque fue mi primer auto. Ya esa misma mañana llovía a baldazos ininterrumpidos pero sobrellevamos muy bien el viaje gracias a que teníamos mate, una guitarra y muchos cassettes para poner en el equipo de música del auto.

Llegamos a destino y nos ubicamos muy fácil en un hotel de la zona. Hicimos alguna recorrida obligada, almorzamos en alguna fonda del lugar con empanaditas de vigilia de entrada y, luego de algunos paseos, volvimos al hotel a hacer una siesta vespertina y reparadora para poder afrontar la larga noche por venir.

Fuimos a cenar a un restaurant de pastas muy conocido. Esto no nos vino muy bien porque comimos como si fuera la ultima vez, lo que nos sacó toda la sangre de la cabeza para llevarla al estomago y así, de esta manera, éste podría hacer una digestión decente o, al menos, intentarlo. A la salida encontramos un bar en pleno centro que se llamaba “Brujas e Iguanas” y entramos para tomar un tecito bajativo.

A medida que iba avanzando la noche y las conversaciones se tornaban más y mas animadas, llegó una pareja para cantar en vivo y hacer una especie de canto-bar improvisado. Por supuesto que nuestra estrella de rock que se encontraba con nosotros no desaprovechó la oportunidad para demostrar sus “en-cantos”. Quiero decir, que casi le sacó el micrófono en forma literal a la cantante para apoderarse irremediablemente de la atención de los presentes por el espacio de dos o tres canciones enteras. Y sí, como tiene buena voz, logró algún que otro aplauso, pero tampoco fue para tanto, eh…

Como ya nos habíamos animado a pedir una jarra de clericot que estaba bien frío y con mucha fruta de la buena, la pareja cantora seguía con su espectáculo, el bar ya estaba lleno en sus mesas y las canciones que todos cantaban eran divertidas y muy conocidas, la cosa se estaba empezando a animar, lo que encontramos para nada desagradable.

Finalizado el show en vivo, los encargados del bar pusieron música del tipo “tachín-tachín”, o sea, para mover y entusiasmar a los clientes, se corrieron las mesas del lugar y… ¡a bailar se ha dicho! En ese momento nos dimos cuenta de que no pagamos un solo peso por lo que habíamos consumido. Pero no fue adrede, si no que las circunstancias nos ayudaron en este olvido. Pero, como nobleza obliga, hay que reconocer que tampoco insistimos mucho para saldar esta deuda.

Íbamos de acá para allá dentro del bar, pedíamos cervezas, tomábamos las manos de alguna compañera ocasional de baile sin dejar de hacerle una sonrisa cómplice como para caer simpático y hacíamos las estupideces acostumbradas para lograr la atención de las jóvenes, tanto en grupo como individualmente. Se ve que esto nos dio algún resultado positivo porque al ser sólo tres, nos vimos rodeados, encerrados, casi acorralados de seis (sí, ¡seis!) especímenes de hembra que era como si lucharan entre sí para ver quién se quedaba con la presa. O al menos eso fue los que nos quedó más cómodo imaginar para aumentar nuestro ego. Pero lo que si era una verdad irrefutable es que éramos tres contra seis. “¿Cómo resolvemos esto? ¡No se con quien quedarme!”, fueron sólo dos de los pensamientos que se nos vinieron a la cabeza o comentamos en secreto entre nosotros. “No sé, pero elegí a alguna antes de que se te vuele el avispero entero”, sentenció uno de mis camaradas. Luego de una leve reflexión llegue a la conclusión que tenía toda la razón existente sobre este mundo y sobre el otro también.

La cuestión es que me moví rápido y logré decidirme luego de hacer un cuadro comparativo de manera mental para asignarle un puntaje a cada cualidad (tales como cuerpo, cara, forma de moverse, simpatía, voz, comentarios, etc.) y poder así elegir de la manera lo más racional posible. Si, así lo hice, ¿y qué? Para poner en evidencia mi decisión aplique la famosa técnica del “manosero”. ¿Cuál es esta técnica? Bailar y tomar de las manos a la víctima, acercársele de manera excesiva pero no abusiva, pasarle la mano derecha por la cintura mientras que con la izquierda se toma la suya para bailar la poca lambada que la cintura del ejecutante permita y, por ultimo y como recurso extremo, cruzar el brazo por encima de los hombros. ¿Por qué digo esto acerca del cruce de la mano? Porque una vez un amigo me dijo que cuando hago eso, quiere decir que ya perdí cualquier medida o reparo y paso a hacer cualquier cosa sometiéndome a los mas vergonzosos rebajes con tal de lograr mi objetivo.

De manera similar mis compañeros tomaron sus decisiones. Fue muriendo la noche dejando su lugar a la mañana. Fue cuando nos pusimos de acuerdo los seis y fuimos a caminar por la playa para esperar el amanecer ya que quedaba a sólo unas cuadras del lugar. Cometario va, comentario viene y con una planificación tácita nos fuimos separando para quedar sólo en parejas. Yo me senté con mi compañera en un asiento de plaza que se encontraba frente al mar sin que nadie más se encontrara dentro de un círculo de 22,3 m de radio aproximadamente. Seguimos hablando y hablando desviando la conversación hacia los temas que manejaba o sabía llevar, no sólo para impresionar, si no para llegar lo más rápido posible al objetivo de la noche, sea cual fuere éste.

En ese momento vi una especie de sonrisa hipnotizada en ella, lo que me estimuló a seguir en el camino por el que estaba yendo. Aproveché la ocasión para dar el tiro de gracia como para definir la situación y me moví hacia uno de mis costados para que me resultara mas fácil levantar mi pierna derecha y apoyarla sobre el banco. ¡Error! ¡Grave error! Ese movimiento dejo escapar el más inesperado, inoportuno, improcedente, inconveniente, desubicado y perdido pedo de toda mi vida. No sé por qué vino. No sé por qué llego. Fue un instante en el que dudé y me dije: “¿Y ahora qué hago? Si yo lo escuché, vos que estás a sólo 10 cm de distancia también lo escuchaste. Vos no fuiste y no hay nadie alrededor. Entonces, ¿quién fue? ¿Y quién va a ser? ¡Fui yo! Y vos sabés que fui yo. Y yo sé que vos sabés que fui yo. ¿Qué hago?” Resolví por hacer como si no hubiera pasado nada, refugiándome en su duda de “me habrá parecido” y rezándole a todos los santos para que no aparezca un olor que confirme sus suposiciones. Por suerte nunca apareció. Pero lo escuchó. Porque al ratito, no más, se fue su sonrisa de hipnotizada y nos encontramos con las otras dos parejas para dejarlas a todas ellas en los hoteles en los que estaban parando. Una vez más me fui a dormir derrotado. Y esta vez, sólo por un pedo.